Ni los árbitros, ni los penaltis no señalados, ni la CRdependencia deben ser excusa ahora. El Madrid salió con la ansiedad de ganar tras la victoria del Barcelona en Mallorca, pero con el tedio de quien cree que tiene el partido ganado. No fue así y luego llegaron las prisas. Los blancos no deben olvidar que si quieren ganar esta liga tan lejana ya, deben evitar tropiezos como éstos y no achacar a factores externos los malos resultados. Mientras, el Barça, mermado por las lesiones, gana los partidos con el fondo de banquillo. El fatídico febrero se está terminando y cada partido que pasa es una oportunidad menos para que los de Mou den la campanada.
Porque para llegar a nuestro destino, debemos recorrer primero múltiples caminos...
domingo, 27 de febrero de 2011
Febrero y los calendarios
Ni los árbitros, ni los penaltis no señalados, ni la CRdependencia deben ser excusa ahora. El Madrid salió con la ansiedad de ganar tras la victoria del Barcelona en Mallorca, pero con el tedio de quien cree que tiene el partido ganado. No fue así y luego llegaron las prisas. Los blancos no deben olvidar que si quieren ganar esta liga tan lejana ya, deben evitar tropiezos como éstos y no achacar a factores externos los malos resultados. Mientras, el Barça, mermado por las lesiones, gana los partidos con el fondo de banquillo. El fatídico febrero se está terminando y cada partido que pasa es una oportunidad menos para que los de Mou den la campanada.
sábado, 26 de febrero de 2011
La ceguera
Llegó a la clínica a que le retiraran las vendas. Estaba completamente ilusionada, era algo que saltaba a la vista. La recibieron con los brazos abiertos y, sin mucha dilación, procedieron a retirar el vendaje. Su madre la tomaba de la mano, ambas estaban muy nerviosas y esperaban que todo saliera bien. Habían sido muchos años de incertidumbres, y madre e hija las habían pasado juntas.
El médico se tomó su tiempo para quitar el último vendaje. Ahora sólo le faltaban las gasas que le cubrían los párpados. La joven suspiró en señal de nerviosismo. Enseguida sus ojos estuvieron al descubierto. El médico pidió que los abriera muy lentamente y que le dijera qué veía. Así lo hizo y la oscuridad que antes reinaba dio paso a una pequeña claridad. La sensación de pesadez le impedía abrir más ampliamente los ojos, pero podía vislumbrar dos figuras borrosas. Frunció el ceño, concentró la visión y ahí, frente a ella, se encontraban el médico y la enfermera. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Su madre, preocupada, se colocó frente a ella y le preguntó qué le ocurría temiendo que la operación no hubiera salido bien. La joven contestó en un murmullo que podía verlos a todos, que estaba viendo por fin. Madre e hija se abrazaron emocionadas.
Después de tantos sobresaltos, el médico recomendó a la joven que se lo tomara con calma y que, pasado un mes, volviera a la consulta para ver cómo iba. Ésta le agradeció la gran labor que había llevado a cabo con ella y se marchó junto a su madre para descubrir el mundo que le aguardaba a partir de ahora.
Un mes después, alguien llamó a la puerta de la consulta del médico. Era la misma joven que, siguiendo el consejo del doctor, había vuelto para ver cómo iba su evolución. Su rostro no mostraba la misma alegría que unos días antes. Aunque sí guardaba cierto color alegre, su cara tenía una pena que no pasó desapercibida para el médico. Éste, preocupado por la salud de su paciente, le preguntó el motivo de su pena.
- No, si no es que esté triste, -dijo ella- es que es... raro.
- ¿Raro?
- Sí, estoy muy contenta de poder ver de nuevo, de poder descubrir cosas, ver el cielo, los animales, saber cómo son los miembros de mi familia, aprender y disfrutar de todo...
- Pero... -inquirió el médico.
- Pero lo que veo no me gusta. El mundo no es como había imaginado. Antes no veía las injusticias, no veía el sufrimiento, las expresiones de la gente hipócrita... Y ahora veo cosas que no me gustan. ¿Es malo eso?
- Suele pasarle a muchas personas cuando recuperan la luz. Habían estado tanto tiempo en la oscuridad que habían idealizado el mundo que no podían ver. Luego, al recuperar la vista, la imagen que obtuvieron no era la deseada. Algo así como el mito de la caverna -apuntó finalmente.
- Comprendo -dijo la joven con pesadumbre-. No me malinterprete, doctor, le estoy muy agradecida por devolverme la vista, pero todo era mucho mejor en mi imaginación.
- Ya te irás acostumbrando. El mundo no es perfecto. Todo depende del cristal con el que se mire. Sólo has de aprender a adaptarte de nuevo.
- Suena difícil, casi imposible.
- Lo difícil se supera, lo imposible se intenta.
miércoles, 29 de diciembre de 2010
Jaque mate
Se ponía como cada día enfrente de la gran fuente del parque. Colocaba su tablero de ajedrez y esperaba a cualquier caminante que quisiera retarla a una partida. Muchos fueron los que pasaron ante sus piezas y acabaron perdiendo. Nadie había conseguido ganarle ninguna partida, pues la joven vencía a cualquier contrincante. Las partidas que se jugaban apenas duraban unos minutos. El ritual era siempre el mismo: un joven se sentaba, la miraba y, sin decir nada, empezaba el juego. La joven no le miraba y, antes de que soltara dos palabras, ya tenía el rey muerto. A veces, cuando el contrincante se sentaba, intentaba despistarla agasajando algún aspecto de su belleza. La chica apenas se movía ni tampoco hacía el menor gesto de desconcierto, y la partida terminaba como era de esperar: ella triunfadora y él humillado por la derrota.
Día tras día, pasaban ante ella docenas de personas para retarla al ajedrez y siempre con el mismo resultado. Corría el rumor de que no tenía sentimientos, ya que no miraba a los ojos a aquellos contrincantes y tampoco les dedicaba palabra alguna durante la partida o después de ella. Nadie sabía nada de la vida de la joven, pero siempre a la misma hora aparecía en aquel parque con su tablero y no se iba hasta el atardecer, después de haberlos derrotado.
Cierto día, de en mitad de la multitud, apareció un joven que quiso jugar con ella. Después de que derrotara al enésimo contrincante del día, el chico se sentó frente a ella con serenidad. La joven no le miró, como de costumbre, se dedicó a colocar las piezas en su lugar y esperó a que comenzara el joven, pues tenía las blancas. Él se acercó lentamente al peón situado frente al alfil derecho y lo movió dos casillas. Cuando lo dejó, lanzó una pregunta a la joven:
- ¿Por qué nunca hablas?
La joven no contestó, realizó su movimiento y apenas se inmutó ante la pregunta. El murmullo de la gente aumentó. Algunos decían entre dientes que era una maleducada, otros suspiraban porque conocían el carácter de la chica. El joven no se rindió y movió el peón que estaba al lado del anterior, dejando al descubierto el alfil.
- No quiero distraerte, solo quiero hablar…
La chica movió de nuevo y no levantó la vista de la jugada. No parecía dispuesta a cambiar de opinión así como así. El joven sonrió y realizó otro movimiento.
- Siempre haces este movimiento –dijo mientras le mataba el caballo y retiraba la pieza del tablero.
Por primera vez, la chica levantó la vista de las piezas y miró a los ojos al joven. Su mirada era penetrante y enigmática. No sabía que alguien pudiera tener estudiadas sus jugadas y eso la sorprendió. Quiso innovar y movió otra pieza.
- Y ahora quieres cambiar… Es una buena jugada, ¿quién te enseñó?
- Mi padre –contestó.
Por fin había hablado y no sabía por qué. Aquel joven había conseguido desconcertarla como nunca lo había conseguido nadie mientras jugaba al ajedrez. Su mundo era aquel juego, ahí se escondía de todo lo que le preocupaba y nadie podía sorprenderla. El joven movió de nuevo y aprovechó para hacer otra pregunta.
- ¿Por qué no hablas?
- Si no me van a dar conversaciones interesantes, ¿para qué molestarme?
- Buena respuesta también –movió una pieza y se llevó la que acababa de matarle a la joven, que no daba crédito.
- ¿Cómo lo has hecho?
- Aquí las preguntas las hago yo –contestó sonriente mientras esperaba a que moviera de nuevo.
La partida avanzó durante una hora y no estaba claro quién iba ganando, pues cuando uno cedía el otro no conseguía avanzar y viceversa. La gente empezaba a sorprenderse del aguante del joven y se fueron reuniendo más curiosos en el lugar. La conversación avanzaba a la par que la partida lo hacía y la joven no comprendía cómo aquel chico había podido doblegar su carácter de aquella manera, pero, aun así, no estaba dispuesta a claudicar. Quería volver a ser la chica impertérrita e impasible, pero no lo conseguía, siempre la sorprendía con una jugada o una pregunta que la derribaba por completo. Llegó un momento en el que la partida estaba a punto de concluir, cualquier jugada decidiría quién ganaría y no debían arriesgarse. Ya no había vuelta atrás y ninguno de los dos quería quedar en tablas. El joven realizó un movimiento complicado y la chica sonrió pensando que aquello le favorecería.
- ¿Por qué estás tan triste?
Se hizo el silencio hasta que la chica efectuó el movimiento y se comió la torre del joven.
- No estoy triste.
- Sí lo estás… -ahora no miraba el tablero, la miraba a ella.
- No, sólo me concentro –respondió ella sin aguantarle la mirada.
- No es cierto, estás triste y es porque ocultas una pena –dijo mientras realizaba la jugada que esperaba.
La chica no supo qué contestar. No sabía si le había sorprendido más la jugada o la respuesta del joven. Por un momento no supo qué hacer y, cuando movió, realizó un movimiento equivocado.
- Supongo que no siempre estoy alegre y eso es porque no me fío de la gente, es mejor ser solitaria a que te hagan daño.
- Pero si no te lanzas a conocer gente, si no te dejas llevar cuando te sientes bien, ¿qué te queda? Miedo –movió otra pieza y la dejó al descubierto.
- Eso no es así –estaba acorralada, la jugada del joven había sido muy buena y la respuesta también- Solo que no estoy preparada…
- Si no lo intentas, no lo sabrás nunca...
- ¿Y si me hago daño? –movió de nuevo.
- ¿Y si no? –avanzó su pieza y la miró fijamente…
En cuanto la joven lo miró a los ojos comprendió que lo que le decía era verdad. Miró de nuevo al tablero y quedó sorprendida. Jaque mate.viernes, 10 de diciembre de 2010
Las notas del recuerdo

Lo que antes era un fluir de mentes púberes deseosas de adquirir conocimiento, ahora se ha convertido en un ir y venir de viajeros, investigadores y demás personalidades que buscan estancia en el lugar por el módico precio de 77,60€ la noche. Así lo confirma una empleada del lugar, quien explica sus nuevas características. “Ofrecemos un servicio de alojamiento a todos aquellos que necesiten un lugar cerca del CSIC. Por aquí pasan muchas personas con distintos motivos: culturales, investigadores, académicos…Y además se llevan a cabo exposiciones y reuniones culturales”, explica mientras cede una llave a un joven que piensa hospedarse unos días. Cuando se le pregunta por la residencia de estudiantes de antaño, la empleada alude a la importancia que tuvo en cuanto a las personalidades que se alojaron en ella y lamenta que “no se haya preservado como tal”, pero su nueva función es de “vital importancia para aquellos que están de paso”. Quizá el cambio radique precisamente en esa descripción: en el ajetreo. Pocos elementos se mantienen de antaño, pues muchas de las instalaciones que engloban a la residencia han sido modificadas para la comodidad de los visitantes. Una sala de lectura plagada de la prensa diaria o una pequeña terraza con una televisión al fondo son algunos de los elementos que hay en la entrada. Si recorremos las instalaciones, veremos que en la planta baja hay una cafetería acondicionada con todo lo que un huésped pueda desear. Aunque algunos elementos gráficos todavía se mantienen para intentar preservar el espíritu de antaño.
De vuelta a la planta superior, la música vuelve a comenzar, es un aspecto insospechado para un lugar tan anclado a la ciencia como el CSIC. Preguntamos qué ocurre para que haya música en el salón de actos y se haya congregado tanta gente: “Esta tarde tendrá lugar un concierto especial a cargo del Coro y la Orquesta Nacional y ahora se encuentran ensayando”. El CSIC cede sus instalaciones para que se lleve a cabo un concierto tan multitudinario que hay más de cien personas en lista de espera. Más de 40 cantantes se reunirán esa misma tarde para, acompañados de los acordes de la Orquesta Nacional, deleitar a decenas de espectadores. La música continúa, ahora con un ritmo más elevado. La sala está vacía, ya todo el mundo se ha marchado del ensayo, pero no se para de tocar, siempre se ensaya, para que todo esté perfecto. Aunque, a priori, ciencia y música parezcan diferentes, su espíritu perfeccionista las une irremediablemente. En ambas materias, nunca se para de investigar, de mejorar, de perfeccionar hasta el mínimo detalle. Cada una, a su manera, otorga amplios beneficios al público al que van destinadas.
El pianista advierte nuestra presencia y se voltea para preguntar. Inquieto, confirma que es el director del Coro Nacional y que está ensayando para el recital de la tarde. Entre las canciones que muestra en la partitura, hay varias de la época de Lorca y explica que el concierto será un recuerdo a aquellos poetas de la Generación del 27 que habitaron el lugar. Se trata de un recital poético musical que contará con varias construcciones de poetas como Gerardo Diego, Rafael Alberti, Miguel Hernández y el propio Lorca. El espectáculo que tendrá lugar en unas horas es de vital importancia, pues se pretende “transportar a los asistentes a la época en la que vivieron los estudiantes de la residencia”, explica el director. Tanto el Coro como la Orquesta Nacional están ensayando con mucha energía para que todo salga perfecto. Dos o tres semanas es el periodo de preparación que necesitan para un acontecimiento de estas características. Es tal la magnitud del concierto que los ensayos se prolongan durante toda nuestra estancia. “Sabemos que esto es un intercambio de prestigio tanto para nosotros como para el CSIC y su residencia, y tenemos que hacerlo bien”, asegura. En cuanto a los asistentes, destaca que suele ser público “con gran interés cultural” y sabe que es “algo que choca”, pues la concepción del CSIC es altamente científica. Aunque no por ello se debe eludir “la gran importancia cultural que representó la residencia en una época pasada”, apunta rápidamente. Se disculpa por abandonar el lugar sin que le podamos preguntar nada más. Falta poco para el espectáculo, apenas unas horas, y hay mucho que preparar.
El ir y venir de personas no cesa. Un joven, más nervioso de lo habitual, deambula de un lado a otro. Cree que venimos a la prueba, pero nada más lejos de la realidad. Aclara su voz y sonríe mientras dice que va a intentar entrar en el Coro Nacional, por eso está ahí, para hacer su audición. Trae consigo varias carpetas con partituras de melodías que va ensayando en voz baja. Al poco de abandonarnos, el director del Coro Nacional vuelve hacia nosotros, esta vez, para hablar con el joven. “Adelante” es lo único que le dice. El aspirante nos mira con miedo y, por primera vez, vemos un rostro que bien se podría equiparar al de cualquier otro estudiante antes de un temido examen.
El paso del tiempo, la evolución de la historia y las nuevas demandas empresariales han cambiado sobremanera el aspecto que tenía la antigua residencia de estudiantes. Quizá no albergue a jóvenes inexpertos deseosos de aprender y sus moradores se hayan vuelto más nómadas que en antaño. Quizá los cambios no guarden relación con todo aquel tiempo pasado, que, según el dicho, fue mejor. Ya no se podrá ver a Lorca o Dalí recorriendo sus pasillos, pero en el ambiente, en su esencia, se mantiene ese halo de cultura y enseñanza que rodea cada palmo del CSIC. Suena la música de nuevo, notas suaves acompañadas por la voz del joven aspirante. No será Lorca quien toque fiel su piano, pero a través de la voz del cantante uno consigue volver al pasado.
martes, 23 de noviembre de 2010
La pajarita
La puerta de la habitación se abrió con violencia despertándola de inmediato. Los dos pequeños habían irrumpido en la estancia en medio de la algarabía y el entusiasmo de un nuevo día. Antes de que pudiera darse cuenta, ambos estaban saltando sobre su cama al grito de “Buenos días”. Con una amplia sonrisa los recibió y los tumbó sobre la cama para hacerles cosquillas. Los niños agradecían aquel recibimiento y respondieron raudos al ataque.
- ¿Se puede saber qué forma es esa de despertarme?
- Es que queríamos que vieras algo –dijo el mayor de los niños.
- A ver, a ver… -se mostró expectante.
- Mira –dijo mientras le tendía un dibujo que había pintado para ella- Somos nosotros jugando ayer.
Los ojos se le iluminaron al momento. Aquellos niños que apenas conocía desde hace un par de días le habían hecho uno de los regalos más bonitos que había recibido nunca. Apenas podía expresar su agradecimiento y se lanzó hacia ellos dándoles múltiples besos en sus mejillas. Cuando se separó del abrazo, tomó el dibujo entre sus manos y se quedó mirándolo. El más pequeño de los niños quiso tomarlo también y, sin querer, rompió la hoja por un costado, partiendo en dos la tierna escena.
- ¡Pedro! –gritó su hermano mayor al mismo tiempo que las lágrimas empañaban sus ojos- ¡Lo has roto! ¡Lo has roto!
- Tranquilo, Alejandro. No te preocupes, se puede arreglar –intentó calmarlo la joven.
- No, no se puede –gritaba enfurruñado y dedicándole la peor mirada a su hermano, que se mantenía inerte a sabiendas del daño que había causado- Tardé mucho en pintarlo y ahora no vale.
- ¿Qué pasa? – la abuela de los niños entró en la habitación al oír los gritos desde el piso de abajo.
- Nada, nada –dijo la joven- Pedro, vete con la abuela abajo a que te dé el desayuno, ¿uhm?
El niño apenas decía nada, también estaba llorando, como su hermano. Sabía que se había portado mal, pero no había sido culpa suya, simplemente, fue un accidente. Alejandro no lo miraba y se mantenía con los brazos cruzados de espaldas a la escena. Cuando se quedaron solos, Marta se acercó a él.
- No te pongas así. Sé que lo habías hecho con mucha ilusión, que habías dedicado mucho tiempo para que te saliera bien… Pero a veces esto pasa –le decía mientras le acariciaba el pelo.
- ¡No, ha sido culpa suya!
- Hay veces que nadie tiene la culpa, las cosas se rompen y punto. Son accidentes.
- ¡No! –seguía sin dar su brazo a torcer.
- ¿Te han contado alguna vez la historia de Xiana? –le preguntó para intentar cambiar de tema.
- No… -parecía que se relajaba.
- Ven –dijo mientras estiraba el brazo. El niño subió a la cama y se colocó a su lado- Xiana era una niña de ocho años que vivía en China. ¿Sabes dónde está China?
- No
- Bueno, pues está muy lejos de aquí, en la otra punta del mundo. Xiana estaba muy enferma y sus padres no sabían cómo curarla. La habían llevado a muchos médicos y ninguno sabía qué le pasaba. Estaban tan tristes que pensaron que no se recuperaría… Hasta que un día apareció un hombre y les dijo que podría curar a su hija.
- ¿Cómo? –preguntó Alejandro impaciente.
- Le dijo que si quería recuperarse de su grave enfermedad debía hacer esto –tomó entre sus manos el papel roto y comenzó a plegarlo de forma muy concreta- Pero no sólo una vez, tenía que hacerlo un millón de veces. Solo entonces la niña podría recuperarse.
El pequeño no perdía detalle de lo que estaba haciendo con la hoja rota. Ya se le había olvidado el disgusto y quería saber qué pasaría después de tanto pliego de un lado a otro. Cuando hubo terminado, el folio se había convertido en una pajarita de colores formada por el dibujo que había hecho Alejandro.
- Esto era lo que tenía que hacer un millón de veces –dijo mientras se lo tendía al pequeño.
- Guaaaaaaaaaau, ¡qué chulo! ¿Y se curó?
- ¡Desde luego! Llegó a hacer más de un millón y los repartió entre su gente.
- ¡Genial!
- Lo que quiero que entiendas es que, aunque las cosas se rompan, se pueden hacer otras muchas… Solo tenemos que dejar volar nuestra imaginación y estar dispuestos a cambiar las cosas. ¿Te gusta?
- Sí, mucho –dijo sonriendo.
- Pues quédatela. Luego te enseñaré a hacerlas, ¿vale?
- ¡Sí!
- Y ahora creo que deberías ir abajo a pedirle perdón a tu hermano, ¿no te parece? –apuntó con cierta severidad pero sin perder la sonrisa.
- Joooo, Marta, es que me lo ha roto.
- ¿No te gustaría a ti que te perdonaran si hicieras algo malo?
- Supongo… -contestó cabizbajo.
- Anda, corre. Y enséñaselo a tu tía, que ella no sabe hacerlas y le va a gustar.
- ¡Vale! –dio un salto y se fue no sin antes darle un beso en la mejilla por el obsequio.
Cuando el niño se marchó, Marta comprobó que había alguien observándola desde el marco de la puerta. Cristina, su amiga que la había invitado a pasar unos días allí, la miraba con una sonrisa.
- ¿Me espiabas? –apuntó con ironía.
- Claro, me preocupo por la integridad de mis sobrinos –sonrió pícara mientras se acercaba a la cama y se sentaba en el borde.
- Ah, entiendo. Pero no debes preocuparte, no está en mis planes comérmelos… de momento.
- Gracias por el aviso, estaré atenta –le guiñó un ojo- ¿La historia que le has contado termina así?
- No, a decir verdad, no… -dijo poniéndose seria.
- ¿Entonces?
- Bueno, Xiana no llegó a hacer un millón de pajaritas… Pero creo que lo mejor era decirle que sí. Los niños son listos, pero no hace falta fastidiarles la ilusión. Ya tendrán tiempo para eso.
- Así que no hay posibilidad de mejorar las cosas. Todo se muere cuando se rompe.
- Depende.
- ¿De qué? –preguntó Cristina intrigada.
- De la persona, desde luego.
- ¿Y en mi caso? –ambas sabían de qué hablaban.
- Depende de lo que quieras hacer. Puedes cambiarlo todo y crear algo nuevo a partir de algo roto. Solo debes pensar que las cosas pueden cambiar, que no están muertas. Y para eso debes olvidarte del tiempo que dedicaste a tu dibujo y pensar que vas a lograr algo diferente. No mejor ni peor, diferente.
- Sí, ya te comprendo, yo soy de las que le gusta pegarlo todo con celo…
- Tal vez… pero cuanto más lo pegues, más débil se volverá y se romperá una y otra vez hasta perder todo el atractivo que tenía cuando lo dibujaste. Olvida el dibujo, crea con tus manos y forma una pajarita. Dentro de ella, a pesar de todo, seguirá estando el dibujo.