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martes, 1 de marzo de 2011

La última parada hacia el INEM


Si hay algo que nos hemos cansado de oír a lo largo de estos cinco años de carrera es que no lo tendremos fácil para poder ejercer el Periodismo cuando acabemos. Algunos de nosotros hemos pasado por dos universidades diferentes a lo largo de estos años, pero la sensación de desasosiego profesional es la misma en una que en la otra. No cambié Elche por Getafe porque fuera a encontrar trabajo seguro, ni siquiera porque estuviera cansada de la UMH (éste es un punto aparte). Cambié mi ciudad por ésta en la que vivo ahora porque siempre he querido ser periodista e intentar ejercer en una gran ciudad. La proximidad geográfica con Madrid es indiscutible, pero eso no garantiza que vayamos a salir graduados y con un gran puesto bajo el brazo. Además, también necesitaba un cambio de aires, que ya iba siendo hora.

Volviendo al tema de la profesión del Periodismo, las cosas están negras, muy negras. No es nada nuevo, pues esta profesión siempre se ha caracterizado por el estigma de "panorama incierto, salarios y vidas escasos". Aún me dicen que cómo se me ocurrió entrar en esta carrera, que tenía que haber opositado o que quizá otra profesión con algo más de salida (y de remuneración, que al fin y al cabo es lo que todos miran) hubiera sido lo mejor. Siempre me he negado a cualquier otra posibilidad que no fuera el Periodismo, el cual considero, pese a su mala fama, una de las profesiones más bonitas que hay.

Pero claro, llegado este punto, cuando apenas faltan 3 meses para terminar la carrera y oteando el horizonte, no puedo dejar de asombrarme ante lo que estamos dispuestos a hacer para emplearnos. Ahora comienza otra carrera mucho más complicada y llena de obstáculos: la de encontrar un trabajo donde podamos demostrar que estos cinco años (en el mejor de los casos) han servido para algo. Es increíble la cantidad de currículums y de prácticas que van y vienen entre mis compañeros. Es una carrera contrarreloj para conseguir un buen convenio y pronto, porque los meses para realizarlo van pasando y luego, cuando eres todo un licenciado, no te contratan ni para cambiar la tinta de la impresora.

Es tal la locura por llegar a acceder a un puesto de trabajo que muchos están dispuestos a dejarse alguna asignatura o crédito libre para poder disponer de matrícula el próximo curso y alargar el periodo de prácticas en un medio. ¡Ojo! Que yo respeto todas las posturas y no le reprocho al alumno. A quien reprocho es al medio por no darnos la oportunidad de adquirir experiencia una vez terminada la carrera. Porque, mientras haya becarios, los que están licenciados tendrán que esperar su momento en la cola del INEM.

Otro asunto es el que supone tener que pelear por los pocos puestos que quedan. En el mejor de los casos, te piden un nivel avanzado de inglés; en el peor, tres años de experiencia. ¿Pero cómo voy a tener tres años de experiencia si nadie me da la oportunidad primero? Y ésa es otra, ¿cómo voy a tener tres años de experiencia si soy becario? ¿Cuándo empecé a hacer las prácticas, en primero?

Mientras esto ocurre, algunos de nosotros, que contamos con cinco años de carrera, múltiples asignaturas prácticas y millones de textos redactados, tenemos que ver cómo otros (solo algunos) que entraron en la carrera "por probar" y todavía preguntan cómo se debe redactar una entradilla tienen el trabajo que nosotros tanto ansiamos. ¿Lo peor? Algunas situaciones en las que estas personas argumentan que no les gusta lo que hacen porque "los tienen explotados y les pagan muy poco". Yo no digo que me merezca ese puesto más que nadie, pero ver casos como éstos una y otra vez acaban por desquiciar al más plantado. Nadie te dijo que fuera a ser fácil, nadie cree que cuando acabe va a estar dirigiendo El País o en el lugar de Matías Prats. Es el esfuerzo y las ganas de aprender los que hacen que uno llegue hasta ahí. Pero antes de llegar hay que pasar por todas las calles y todos los barrios. Aprovecha la oportunidad que te están dando, porque hay muchos, entre los que me incluyo yo, que desearíamos trabajar donde te encuentras tú, aunque no nos pagaran nada. En cambio, aquí estamos, apiñados en la última parada hacia el INEM.

sábado, 26 de febrero de 2011

La ceguera

Aquel era un día especial, sería el primero de sus 26 años en el que podría ver el mundo que la rodeaba. Muchos sacrificios, muchas desilusiones, diagnósticos desoladores... pero la espera había llegado a su fin. Después de dos operaciones, por fin podría ver. Había llegado el momento.

Llegó a la clínica a que le retiraran las vendas. Estaba completamente ilusionada, era algo que saltaba a la vista. La recibieron con los brazos abiertos y, sin mucha dilación, procedieron a retirar el vendaje. Su madre la tomaba de la mano, ambas estaban muy nerviosas y esperaban que todo saliera bien. Habían sido muchos años de incertidumbres, y madre e hija las habían pasado juntas.

El médico se tomó su tiempo para quitar el último vendaje. Ahora sólo le faltaban las gasas que le cubrían los párpados. La joven suspiró en señal de nerviosismo. Enseguida sus ojos estuvieron al descubierto. El médico pidió que los abriera muy lentamente y que le dijera qué veía. Así lo hizo y la oscuridad que antes reinaba dio paso a una pequeña claridad. La sensación de pesadez le impedía abrir más ampliamente los ojos, pero podía vislumbrar dos figuras borrosas. Frunció el ceño, concentró la visión y ahí, frente a ella, se encontraban el médico y la enfermera. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Su madre, preocupada, se colocó frente a ella y le preguntó qué le ocurría temiendo que la operación no hubiera salido bien. La joven contestó en un murmullo que podía verlos a todos, que estaba viendo por fin. Madre e hija se abrazaron emocionadas.

Después de tantos sobresaltos, el médico recomendó a la joven que se lo tomara con calma y que, pasado un mes, volviera a la consulta para ver cómo iba. Ésta le agradeció la gran labor que había llevado a cabo con ella y se marchó junto a su madre para descubrir el mundo que le aguardaba a partir de ahora.

Un mes después, alguien llamó a la puerta de la consulta del médico. Era la misma joven que, siguiendo el consejo del doctor, había vuelto para ver cómo iba su evolución. Su rostro no mostraba la misma alegría que unos días antes. Aunque sí guardaba cierto color alegre, su cara tenía una pena que no pasó desapercibida para el médico. Éste, preocupado por la salud de su paciente, le preguntó el motivo de su pena.

- No, si no es que esté triste, -dijo ella- es que es... raro.

- ¿Raro?

- Sí, estoy muy contenta de poder ver de nuevo, de poder descubrir cosas, ver el cielo, los animales, saber cómo son los miembros de mi familia, aprender y disfrutar de todo...

- Pero... -inquirió el médico.

- Pero lo que veo no me gusta. El mundo no es como había imaginado. Antes no veía las injusticias, no veía el sufrimiento, las expresiones de la gente hipócrita... Y ahora veo cosas que no me gustan. ¿Es malo eso?

- Suele pasarle a muchas personas cuando recuperan la luz. Habían estado tanto tiempo en la oscuridad que habían idealizado el mundo que no podían ver. Luego, al recuperar la vista, la imagen que obtuvieron no era la deseada. Algo así como el mito de la caverna -apuntó finalmente.

- Comprendo -dijo la joven con pesadumbre-. No me malinterprete, doctor, le estoy muy agradecida por devolverme la vista, pero todo era mucho mejor en mi imaginación.

- Ya te irás acostumbrando. El mundo no es perfecto. Todo depende del cristal con el que se mire. Sólo has de aprender a adaptarte de nuevo.

- Suena difícil, casi imposible.

- Lo difícil se supera, lo imposible se intenta.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Jaque mate


Se ponía como cada día enfrente de la gran fuente del parque. Colocaba su tablero de ajedrez y esperaba a cualquier caminante que quisiera retarla a una partida. Muchos fueron los que pasaron ante sus piezas y acabaron perdiendo. Nadie había conseguido ganarle ninguna partida, pues la joven vencía a cualquier contrincante. Las partidas que se jugaban apenas duraban unos minutos. El ritual era siempre el mismo: un joven se sentaba, la miraba y, sin decir nada, empezaba el juego. La joven no le miraba y, antes de que soltara dos palabras, ya tenía el rey muerto. A veces, cuando el contrincante se sentaba, intentaba despistarla agasajando algún aspecto de su belleza. La chica apenas se movía ni tampoco hacía el menor gesto de desconcierto, y la partida terminaba como era de esperar: ella triunfadora y él humillado por la derrota.

Día tras día, pasaban ante ella docenas de personas para retarla al ajedrez y siempre con el mismo resultado. Corría el rumor de que no tenía sentimientos, ya que no miraba a los ojos a aquellos contrincantes y tampoco les dedicaba palabra alguna durante la partida o después de ella. Nadie sabía nada de la vida de la joven, pero siempre a la misma hora aparecía en aquel parque con su tablero y no se iba hasta el atardecer, después de haberlos derrotado.

Cierto día, de en mitad de la multitud, apareció un joven que quiso jugar con ella. Después de que derrotara al enésimo contrincante del día, el chico se sentó frente a ella con serenidad. La joven no le miró, como de costumbre, se dedicó a colocar las piezas en su lugar y esperó a que comenzara el joven, pues tenía las blancas. Él se acercó lentamente al peón situado frente al alfil derecho y lo movió dos casillas. Cuando lo dejó, lanzó una pregunta a la joven:

- ¿Por qué nunca hablas?

La joven no contestó, realizó su movimiento y apenas se inmutó ante la pregunta. El murmullo de la gente aumentó. Algunos decían entre dientes que era una maleducada, otros suspiraban porque conocían el carácter de la chica. El joven no se rindió y movió el peón que estaba al lado del anterior, dejando al descubierto el alfil.

- No quiero distraerte, solo quiero hablar…

La chica movió de nuevo y no levantó la vista de la jugada. No parecía dispuesta a cambiar de opinión así como así. El joven sonrió y realizó otro movimiento.

- Siempre haces este movimiento –dijo mientras le mataba el caballo y retiraba la pieza del tablero.

Por primera vez, la chica levantó la vista de las piezas y miró a los ojos al joven. Su mirada era penetrante y enigmática. No sabía que alguien pudiera tener estudiadas sus jugadas y eso la sorprendió. Quiso innovar y movió otra pieza.

- Y ahora quieres cambiar… Es una buena jugada, ¿quién te enseñó?

- Mi padre –contestó.

Por fin había hablado y no sabía por qué. Aquel joven había conseguido desconcertarla como nunca lo había conseguido nadie mientras jugaba al ajedrez. Su mundo era aquel juego, ahí se escondía de todo lo que le preocupaba y nadie podía sorprenderla. El joven movió de nuevo y aprovechó para hacer otra pregunta.

- ¿Por qué no hablas?

- Si no me van a dar conversaciones interesantes, ¿para qué molestarme?

- Buena respuesta también –movió una pieza y se llevó la que acababa de matarle a la joven, que no daba crédito.

- ¿Cómo lo has hecho?

- Aquí las preguntas las hago yo –contestó sonriente mientras esperaba a que moviera de nuevo.

La partida avanzó durante una hora y no estaba claro quién iba ganando, pues cuando uno cedía el otro no conseguía avanzar y viceversa. La gente empezaba a sorprenderse del aguante del joven y se fueron reuniendo más curiosos en el lugar. La conversación avanzaba a la par que la partida lo hacía y la joven no comprendía cómo aquel chico había podido doblegar su carácter de aquella manera, pero, aun así, no estaba dispuesta a claudicar. Quería volver a ser la chica impertérrita e impasible, pero no lo conseguía, siempre la sorprendía con una jugada o una pregunta que la derribaba por completo. Llegó un momento en el que la partida estaba a punto de concluir, cualquier jugada decidiría quién ganaría y no debían arriesgarse. Ya no había vuelta atrás y ninguno de los dos quería quedar en tablas. El joven realizó un movimiento complicado y la chica sonrió pensando que aquello le favorecería.

- ¿Por qué estás tan triste?

Se hizo el silencio hasta que la chica efectuó el movimiento y se comió la torre del joven.

- No estoy triste.

- Sí lo estás… -ahora no miraba el tablero, la miraba a ella.

- No, sólo me concentro –respondió ella sin aguantarle la mirada.

- No es cierto, estás triste y es porque ocultas una pena –dijo mientras realizaba la jugada que esperaba.

La chica no supo qué contestar. No sabía si le había sorprendido más la jugada o la respuesta del joven. Por un momento no supo qué hacer y, cuando movió, realizó un movimiento equivocado.

- Supongo que no siempre estoy alegre y eso es porque no me fío de la gente, es mejor ser solitaria a que te hagan daño.

- Pero si no te lanzas a conocer gente, si no te dejas llevar cuando te sientes bien, ¿qué te queda? Miedo –movió otra pieza y la dejó al descubierto.

- Eso no es así –estaba acorralada, la jugada del joven había sido muy buena y la respuesta también- Solo que no estoy preparada…

- Si no lo intentas, no lo sabrás nunca...

- ¿Y si me hago daño? –movió de nuevo.

- ¿Y si no? –avanzó su pieza y la miró fijamente…

En cuanto la joven lo miró a los ojos comprendió que lo que le decía era verdad. Miró de nuevo al tablero y quedó sorprendida. Jaque mate.

viernes, 27 de agosto de 2010

El terror que no necesita traducción

Un curso de formación para agentes afganos. Ése fue el motivo por el que nueve agentes de la guardia civil y dos soldados españoles, acompañados por un traductor español de origen iraní, se dirigían a la antigua base aérea de Qala-i-Naw, en Afganistán. Lo que parecía una simple lección armamentística que fortaleciera los conocimientos de los agentes se convirtió en tragedia el pasado 25 de agosto. El conductor del convoy, un talibán infiltrado, que introdujo a los agentes y los soldados en la base aérea les sorprendió al sacar un fusil de asalto y abatir a tiros a dos guardias civiles y al traductor que simplemente estaban haciendo su trabajo. El resto de compañeros contemplaron estupefactos la escena y respondieron al terrorista infiltrado disparando contra él. Demasiado tarde. Los cuatro hombres fallecieron pocos instantes después del ataque. El resultado: cuatro fallecidos y la duda sobre la conveniencia de las tropas en Afganistán.

Los féretros con los cuerpos de los tres fallecidos llegaron ayer a nuestro país, donde a los guardias civiles se les ha concedido la medalla al mérito a título póstumo de manos del Príncipe Felipe. Mañana se procederá a darles sepultura en sus respectivas localidades. Pero cuando todavía se siente en el aire la tristeza por la desgracia, es inevitable plantearse una pregunta: ¿es necesario mantener las tropas en Afganistán? ¿Están seguros los soldados en aquellas tierras tan lejanas? Países como Holanda ya han retirado sus tropas del lugar. Obama comunicó al mundo la fecha para el inicio de la retirada: julio de 2011. También han aparecido los que están en contra de esta medida, ya que opinan que es necesario hacer una retirada simbólica pero manteniendo el grueso de las tropas. Otros, como el comandante del cuerpo de marines de EE.UU., James Conway, opinan que conocer la fecha de la retirada "probablemente alienta al enemigo".

Los datos son significativos, pues, según publica hoy El País en su edición digital: "En los primeros ocho meses de 2010 han fallecido 462 soldados de la OTAN en Afganistán, según cifras del Pentágono. De ellos, 297 eran norteamericanos; 87, británicos; 13, canadienses, y 11, franceses. (...) A principios de agosto abandonaron Afganistán las 1.800 tropas holandesas que habían estado de servicio en aquel país. Y el año que viene saldrán los 3.000 soldados canadienses. Mientras, las 30.000 tropas de refuerzo enviadas por Obama desde EE UU acaban de llegar este mismo mes".

Sea como sea, ahora es momento de reflexionar e intentar tomar la decisión más adecuada para la seguridad tanto de los lugareños como la de los propios soldados que se encuentran en Afganistán. Este último atentado no ha hecho más que demostrar que, aunque se hablen idiomas distintos, el terror no necesita traducción.

sábado, 21 de agosto de 2010

Vuelta a casa con sabor agridulce...

Después de la última entrada que publiqué han pasado muchas cosas. Las fiestas de Elche hicieron su aparición en nuestras vidas como cada año, llenando la segunda semana de agosto de luz y color. Aunque este año las lluvias tampoco quisieran perderse este momento, las fiestas fueron igual de espectaculares que siempre.

La Charanga, que tuvo lugar el 11 de agosto, fue un motivo más para hacer una sátira de los temas más importantes que han tenido lugar durante este año y, por qué no, para pasar un gran rato disfrazados por toda la ciudad. La Nit de L'Albà, como ya es costumbre en esta ciudad, llenó de color el cielo ilicitano con cada una de sus palmeras y, una vez el cielo quedó oscuro y en silencio, brotó de Santa María la más grande de todas ellas: la palmera de la Virgen. Bajo el cántico de los ángeles del Misteri, la ciudad de Elche enmudeció y el cielo se llenó de luz dorada y blanca.

La Roà sería la noche que le seguiría. Momento perfecto para disfrutar de la buena música y los amigos hasta altas horas de la mañana. Sería entonces donde unos buenos churros con chocolate cerrarían una noche tan mágica. Y por último, el día de la Virgen, con el lanzamiento del Castillo desde el puente del Ferrocarril, pondría definitivamente punto y final a estas fiestas ilicitanas.

Apenas sin tiempo para asimilar toda esta semana de emociones y sobresaltos, me encontraba preparando de nuevo la maleta para pasar con mis hermanos una semana perdida por tierras madrileñas, siempre haciendo algún viaje a ciudades con historia: Toledo, Salamanca, Ávila... Pero como una cosa es lo que se planea y otra lo que sucede, tuvimos que volver antes de tiempo y solo pudimos disfrutar de las vistas de la primera de las paradas. Pudimos ver la Catedral Primada de Toledo, La Bisagra, la iglesia de San Juan de los Reyes, el Alcázar y disfrutar de los típicos postres toledanos en una cafetería llamada: El café de las monjas.

Un día entero de cuesta para arriba y cuesta para abajo, pero que supimos aprovechar bien. El problema es que estábamos en la antesala de lo que pasaría después. Supongo que estas cosas ocurren. No lamento no haber podido ver todas esas ciudades o haber tenido que volver antes. Lo que más me apena es la circunstancia de la vuelta y no saber cuándo se solucionará todo. Esta vez me siento muy responsable, a diferencia de otras veces. Supongo que debí darme cuenta mucho antes, pero preferí no mirar o creerme que todo estaba bien. Demasiado tarde. Esperemos, al menos, que la cosa vuelva pronto a la normalidad.

jueves, 29 de julio de 2010

Periodismo casero e insulso

Una de las cosas que se nos pide a los periodistas en proceso de formación, y que se le debería exigir también a los ya entraditos en materia, es que estemos informados de todo lo que ocurre a nuestro alrededor. El buen periodista debe saber de política, economía, internacional... vamos, que debe conocer al dedillo todas las informaciones que salen en cada una de las secciones de un medio de comunicación. Es lo que muchos grandes empresarios comprueban antes de contratar al próximo becario. Entonces es cuando nos someten a un test de actualidad para cotejar que estamos al loro de todo.

El trabajo del periodista nunca termina, eso dicen los entendidos. Hasta tal punto está extenida esta afirmación que el otro día mi hermana me sorprendió durante la cena: "¿Pongo las noticias?". Un bufido sale de mis adentros: "No, prefiero ver Los Simpson". En este crucial momento noto una mirada clavándose sobre mí, me giro y me quedo mirando. "¿Qué?" La mirada incrédula me sigue observando. "No, nada, solo que me extraña que una periodista no quiera ver las noticias". Por un momento me siento desprotegida, intimidada incluso... ¿Será posible que mi hermana sea capaz de juzgarme de esa forma? Pero luego comprendo que tiene razón, que, si lo pienso fríamente, no suelo ver las noticias. Y me pregunto: ¿por qué?

La respuesta es muy sencilla y fácil de explicar. Al igual que la gran mayoría del público que necesita estar informado, yo he acabado por desilusionarme de los medios de comunicación. ¿Del todo? No, para nada, aún conservo algo de confianza en el periodismo, si no, ya me diréis qué hago estudiando esta carrera. Pero, ¿qué me desilusiona? Bueno, examinemos por un momento algunos medios de comunicación.

Si nos centramos en la televisión, la historia es bien simple. Me pongo a ver Antena 3 y lo primero que me dicen es que Onda Cero ha aumentado su audiencia con respecto al anterior EGM. ¡Vaya, qué interesante! Para mí sí lo es porque quiero ser periodista, pero, por ejemplo, ¿a un camionero le interesará esa información? Siguiente noticia: un niño brasileño que baila encima de una mesa. ¡Alucinante! Quizá esta noticia sí le interesará al camionero... o tal vez no. Cambiemos de canal: Telecinco. España es campeona del mundo de fútbol. La noticia que me encuentro: Sara Carbonero e Íker Casillas besándose... No, eso no me cuadra para apoyar la información deportiva. ¿Debemos incluirla porque Íker es el capitan? Mmmm, supongo que sí. Decido seguir mirando la televisión un poco más. Cartelera. Una película de estreno, en la que, casualmente, Telecinco ha colaborado... Ya está, no más.

Y lo peor de todo es que esto solo es un reflejo de las noticias en televisión, que si me aventuro a entrar en las ediciones digitales de algunos de los diarios más importantes del país, puedo encontrarme entre las noticias más visitadas la cena de Íker y Sara con Eva Longoria. Así que supongo que está claro por qué no me gusta ver las noticias. Siento que de alguna manera nos están manipulando y no informando, porque, todos saben barrer para casa (Onda Cero y Antena 3 son del mismo grupo informativo), todos saben rellenar contenidos con temas que son insulsos o recurrentes (porque yo aprecio a Íker y Sara, me parecen majos, pero no me apetece saber toda su vida). A la hora de la verdad, ¿qué medio es capaz de informar plenamente y recurrir a informaciones atractivas para el público? Desde mi punto de vista: ninguno. Así que me dedico a picotear de uno y de otro, no me quedo con ninguno ni leo noticias que no me interesan. Porque ya me encargaré yo de saber cómo va la reforma laboral, quiénes fueron los responsables de la tragedia del Loveparade, qué ha ocurrido en Cataluña con los toros o cómo va la Selección Española Sub 19 en el Europeo.

jueves, 8 de julio de 2010

"Cuéntamelo, anda"

Este blog está empezando a parecerse a un monólogo interminable de mi vida... y mi intención primera no era ésa. No me gusta crear páginas en las que solo se hable de mis problemas o mis preocupaciones... Quería que este blog reflejara también aquellas cosas que me gustan: música, cine, literatura... pero este verano no está siendo excesivamente cultural para mí. Quizá sea porque después del desgaste del periodo estudiantil, no siento la necesidad de aportar más conocimiento a mi vida (mal hecho por otro lado, lo reconozco). Este verano está siendo un verano en toda regla: playa, piscina, amigos, fútbol, helados, cine... Supongo que estoy recuperando el tiempo perdido, porque durante los nueve meses del curso apenas he podido salir en condiciones con mis amigos. Pero no puedo evitar tener cierto remordimiento de conciencia.

En fin, el caso es que ése no es el tema de la entrada de hoy. Como decía, este verano está siendo todo un verano en toda regla y hoy, Juli y yo hemos aprovechado para ir a la playa. Hacía tiempo que no estábamos solos en la playa y hemos podido hablar con tranquilidad y comodidad de nuestras cosas... Él me ha contado sus asuntos y yo escuchaba e intentaba darle mi opinión. Me gusta tener esas conversaciones con él porque siento que puedo ayudarle, que puedo formar parte de sus decisiones de alguna forma... Luego nos hemos quedado en silencio durante un momento. Mal. Mi cara no está preparada para quedarse en silencio, parece que demuestra más de lo que yo quisiera... "¿Te hago ahora de psicólogo yo? Cuéntame qué escondes". Maldita sea. No sé disimular, no tengo remedio. "Nada, si no pasa nada". Lo tengo dicho: en los momentos tensos me entra la risa... obviamente, ésta no iba a ser una excepción. "Cuéntamelo... sabes de lo que estamos hablando". Uhm, vaya, un callejón sin salida, ¿no? "Que no hay nada que contar, ya lo sabes todo". No puedo mentir más descaradamente... Se hace el silencio. "Te estás comiendo la cabeza, ¿verdad?". Más silencio. "Sí". Agacho la cabeza. ¿De qué sirve mentir cuando todo apunta a la misma dirección? "Cuéntamelo, anda".

¿Para qué empeñarnos en ocultar nuestras cosas? ¿Tenemos miedo a las críticas o a que no sepan entendernos? No tengo la respuesta a estas preguntas, no sé por qué no quiero contar ciertas cosas... supongo que no quiero volver a hacer daño a las personas que tanto se han preocupado por mí. En cambio, yo sigo haciendo lo mismo, ¿acaso a mí no me importa hacerme daño?

sábado, 3 de julio de 2010

La tormenta que no cesa

A veces los seres humanos nos sentimos tan agobiados en nuestro entorno que sentimos la necesidad de evaporarnos, abstraernos a otro lugar, a otra época, allá donde puedan entendernos, donde sepan apreciarnos o donde todo lo que hemos soñado se pueda hacer realidad. Quizá no busquemos reconocimiento, quizás solo queramos saber qué hubiera sido de nosotros si hubiéramos nacido en otro lugar, en otro momento. En una era en la que las redes sociales y la hipercomunicación están a la orden del día, es imposible no preguntarse cómo vivirían nuestros antepasados sin todos estos avances tecnológicos que llenan nuestra vida diaria.

Pero, ¿por qué esta reflexión? Bien, pues porque el otro día me llegó una de esas angustiosas y amenazantes cadenas de emails en las que había una serie de preguntas que debías contestar y enviar a tus contactos o morirías al final del día. Sí, yo también quiero conocer al iluminado que tuvo la feliz idea de enviar la primera cadena. El caso es que una de las preguntas me llamó la atención: Si pudieras vivir en otra época, ¿en cuál vivirías? A decir verdad, siempre he sentido verdadera devoción por el siglo XIX, por el apogeo de la sociedad, la lucha por las libertades, la eclosión del periodismo, el romanticismo... Pero, irremediablemente, siempre surge una pega, algo que te hace echarte atrás. Y esa pega es la intolerancia, la falta de comprensión ante lo "diferente"... ¿Cómo puedo pensar siquiera en retroceder doscientos años en el tiempo cuando ni siquiera hoy podemos gozar de una tolerancia completa?

¿Por qué digo esto? Pues porque a pesar de haber avanzado como lo hemos hecho, de haber inventado la televisión, la radio, internet, la luz, los viajes en avión, los espaciales... a pesar de todos esos avances, seguimos siendo una sociedad retrógrada y desnaturalizada. Rogamos respeto por nuestros ideales, pero censuramos los de los demás. Pedimos a gritos un cambio, pero no aceptamos los ajenos. Y eso lo comprobé el otro día mientras veía una serie de televisión. Amar en tiempos revueltos es una serie que refleja a la sociedad española de los años cincuenta, con sus problemáticas, sus inquietudes, sus costumbres... Pero claro, los guionistas pisaron mierda (hablando claro) al querer introducir una relación lésbica en la serie. ¡Habrase visto semejante desfachatez! Si las relaciones homosexuales son cosa del nuevo siglo, por supuesto... Si nunca ha habido mujeres ni hombres atraidos por otra persona de su mismo sexo. Si Platón no tenía a jóvenes imberbes tras sus pasos o Safo no escribía para mujeres a las que les declaraba su amor entre versos... ¡Qué va! Pero esto no lo digo yo, lo saco de los comentarios publicados en el foro de la página de la serie y de los comentarios de personas de mi entorno que, abrumadas por semejantes escenas entre dos mujeres, afirman con total tranquilidad: "Hay que ver, ahora todo son gays y lesbianas... parece que es la moda". ¿La moda? Pues nada, el año que viene en lugar de comprarme unas sandalias marrones voy a ver si me hago transexual... Como es la moda.

Pero claro, es que es más fácil cambiar de canal ante semejante escándalo... Es mejor pasar de la 1 a Telecinco donde tenemos a un papanatas (esto es opinión propia) que nos muestra cada día en su programa (si es que se le puede llamar así) con quién se acuesta cada famoso y de qué se ha operado cada colaborador suyo... Es mucho más educativo ver un programa que vive del escarnio público que una realidad social que, a pesar de estar narrada en los años cincuenta, se lleva desarrollando a lo largo de los siglos, aunque por estar en la sombra no se entienda su existencia. Mejor aprender a criticar que a respetar, desde luego... Lo más interesante de todo es que muchos de estos presentadores y periodistas que se dedican a este tipo de "periodismo" son partidarios de estas modas que se han creado en los últimos años. Pero bueno, siempre es mejor ver un programa presentado por un homosexual que ver una serie donde se muestra explícitamente una relación homosexual. Bienvenidos a la hipocresía de la sociedad.

Y luego se preocuparán y clamarán al cielo preguntando por qué es necesario un día del Orgullo Gay, como el que hoy, 3 de julio, se celebra en Madrid. Quizá Intereconomía con sus anuncios bienintencionados trate de llamar a "las personas normales" para que reivindiquen sus derechos, pero hasta que "las anormales" no podamos vivir sin sobresaltos, días como éste serán necesarios. Así que continuad en busca de ese arcoirís de seis colores... aunque veáis que la tormenta sigue sin cesar.