martes, 11 de septiembre de 2012

(X) 26. La cita

- O sea, que esto es un libro. 
- Sí, bueno, al menos la primera parte… La otra no sé, pero será cuestión de mirarlo, ¿no? 
- Claro… Después de desayunar iré a ver de qué se trata –Raquel carraspeó y se cruzó de brazos – Está bien, iremos. 
- Eso está mejor. 

Raquel y Silvia desayunaron en una exhalación, estaban demasiado ansiosas por ver qué decía ese libro y por seguir descubriendo lo que Ángela les quería contar. Fueron las primeras en terminar y, en cuanto pudieron, fueron corriendo a la biblioteca. De camino se encontraron con la directora. 

- ¿Se puede saber qué prisas son esas? –preguntó de mala gana. 
- Nada, nada. Solamente queríamos ir a la biblioteca –contestó Raquel. 
- Pues con tranquilidad, que a veces os tengo que reñir como si fuerais niñas de colegio – cogiendo del brazo a Silvia- Espera. Tú y yo tenemos que hablar. Luego te quiero en mi despacho. 

Silvia asintió y la directora las dejó marchar. Enseguida llegaron a la biblioteca. Se pararon ante la puerta y se miraron expectantes como decidiendo quién abriría y quién entraría primero. Se sonrieron y pasaron casi al mismo tiempo por la puerta. Rosa, la celadora que solía estar en el lugar, se quedó mirándolas atónita. 

Raquel se adentró en los pasillos de la biblioteca, se la conocía a la perfección y sabía exactamente en qué lugar estaba cada tipo de publicación o libro. Silvia la seguía de cerca mirando cada uno de los ejemplares que se apilaban majestuosos en los distintos estantes. Tardaron poco en llegar a la estantería con el número 528. 

Raquel seguía ensimismada en la búsqueda y pronto dio con el libro en cuestión. Al cogerlo se quedó mirándolo, el título le impactó. 

 - ¿Qué pasa? –preguntó Silvia. 
- Mira qué libro es –se lo tendió. Silvia lo cogió y vio que en letras doradas ponía: “Sagrada Biblia”. 
- Venga, ¿en serio? 
- Esto se está empezando a parecer al Código Da Vinci –y se echó a reír. 

Su carcajada fue reprimida rápidamente por Rosa con un chistido. Silvia cogió el libro y se sentó junto a Raquel en una mesa. 

- ¿Qué decía el resto del número? 
- Mmmm, DT28:20. 
- Entonces es que tenemos que buscar en los capítulos –empezó a mirar el índice- DT es Deuteronomio. 
- No pensaba que sería tan fácil –susurró. 
- Tampoco es que Ángela fuera una lumbrera para los enigmas –dijo mientras ojeaba entre las páginas buscando el capítulo adecuado. 
- Paz a los muertos –le regañó. 
- Sí, sí… que estamos ante la Biblia –contestó con una mueca. 

Raquel encontró el capítulo adecuado y luego se dispuso a hacerse con el versículo. Silvia estaba que se subía por las paredes y la instaba a que se diera prisa. Al fin dieron con el texto en cuestión y se encontraron lo siguiente: 

DEUTERONOMIO. Capítulo 28, versículo 20:
“Enviará el SEÑOR sobre ti maldición, confusión y censura en todo lo que emprendas, hasta que seas destruido y hasta que perezcas rápidamente, a causa de la maldad de tus hechos, porque me has abandonado”. 

Raquel y Silvia se miraron confundidas. La cosa se iba complicando por momentos. 

jueves, 6 de septiembre de 2012

(X) 25. 528.21/DT28:20

Silvia cogió el papel y lo miró antes de abrirlo. Su nombre estaba escrito en el dorso de esa pequeña hoja. Estaba doblada varias veces de forma poco cuidadosa, como si lo hubieran hecho rápidamente. Fue desplegándola y la estiró esperándose una gran nota de despedida o algo similar. Pero no fue así. La hoja estaba en blanco, solo tenía una pequeña frase en la esquina inferior izquierda que decía así: 

528.21/DT28:20 

No había nada más. Le dio la vuelta a la hoja y no encontró nada, solamente su nombre, el cual se quedó mirando hasta que pudo reaccionar. Volvió a darle la vuelta para mirar aquellas letras y números agrupados. No le decían nada en concreto. Ni siquiera le sonaban. ¿Para qué Ángela le habría dejado esa nota? ¿Qué le estaba tratando de decir? El doctor Rivero se mantenía expectante a su lado esperando a que le dijera qué había en la nota. 

- ¿Y bien? –le preguntó presa de la curiosidad. 
- Mírelo usted mismo –le tendió la nota. 

El doctor la cogió y la tuvo varios minutos en su mano. Fruncía el ceño sin saber qué significaban aquellos números. Se frotó la cabeza y anduvo de un lado al otro intentando encontrarle alguna explicación a aquel enigma. 

- No entiendo nada. 
- Yo tampoco, doctor –decía desilusionada- ¿Para qué me habrá mandado esto? ¿Qué puede ser? 
- ¿Una contraseña? 
- ¿De dónde? Aquí no hay nada con contraseña… Es que no sé –movió la cabeza de un lado al otro. 
- No sé, Silvia, a mí todas estas cosas siempre se me han dado mal. 
- Pues a mí no me gustan los enigmas, nunca se me han dado bien. 
- Silvia –le dijo con suavidad- no te metas en más problemas… 
- Pero… 
- Pero nada. ¿No has aprendido la lección? 

Silvia asintió con tristeza. Le cogió el papel al doctor, lo miró por última vez y lo tiró a la papelera. El doctor le sonrió en señal de apoyo. 

- Has hecho lo correcto. 
- No lo sé, doctor… 

Aquella noche Silvia no bajó a cenar. No tenía el cuerpo para comer nada. Desde lo de la nota, se había quedado encerrada en su celda pensando en todo lo que podía significar. Aunque había tirado la hoja a la papelera, aquellos números se le habían grabado a fuego en la cabeza. 528.21/DT28:20. 

Intentaba averiguar de dónde podría sacar la respuesta. Este enigma no era como aquellos crucigramas que se encuentran en los periódicos, no se podían consultar las soluciones al final de la página. Apuntó el número en una hoja que había tomado de la enfermería y empezó a hacer sus cábalas intentando adivinar de dónde podría salir aquella clave. Estuvo pensando y pensando hasta bien entrada la madrugada, cuando finalmente le venció el sueño. 

A la mañana siguiente, Raquel esperaba a Silvia en la puerta del comedor. Le preocupaba que no la hubiera visto desde que el doctor Rivero las interrumpió en la enfermería. Cuando no la vio en la cena, pensó en ir a su celda a ver si le pasaba algo, pero quería darle su espacio. Entendía que todo lo ocurrido con Ángela y la reconciliación entre ambas habían sido muchas emociones para ella. Pero hoy quería comprobar que su amiga estaba bien, porque, a pesar de todo, sabía que algo ocurría. La forma en que el doctor Rivero entró en la enfermería no fue síntoma de normalidad. 

Silvia apareció por el pasillo y Raquel le sonrió desde la distancia. Su amiga no le devolvió la sonrisa con tanta calidez, pero correspondió el gesto a su manera. Raquel se dio cuenta de que venía cansada, las ojeras poblaban sus ojos y la preocupación estaba anidada en su rostro. 

- ¿Qué te pasó anoche? –le preguntó. 
- Nada, estaba cansada y no tenía hambre… -contestó con sequedad. 

Raquel la tomó del brazo antes de entrar al comedor y la apartó hacia un lado. Silvia abrió los ojos de sorpresa ante ese gesto de su amiga. 

- Por favor –dijo suavemente- no vuelvas a apartarme de tu lado. Sé que me ocultas algo y no quiero que me dejes en la inopia. Hay algo, así que compártelo conmigo. 
- Está bien –contestó tras unos instantes de reflexión- Tienes derecho a saberlo, pero promete que no me juzgarás… 
- Lo prometo. 

Silvia le tendió el papel y le explicó que esa frase era la que había en la nota de Ángela. También le explicó que había estado toda la noche intentando saber de dónde venía. Raquel la cogió y la leyó. En un segundo la miró y se echó a reír a carcajadas. 

- ¿Me estás diciendo que esto te ha tenido toda la noche en vela? –seguía riendo. 
- Sí, ¿por? –contestó molesta. 
- ¡Cómo se nota que no lees nada! –le dio un palo en el brazo- Niña, esto es de un libro de la biblioteca. ¿Ves? 528.21… esto es la nomenclatura de los libros que tenemos allí. 


<< 24. Apoyo             26. La nota >>

miércoles, 5 de septiembre de 2012

(X) 24. Apoyo

Raquel se sorprendió ante aquel abrazo tan profundo de Silvia. La rodeó fuertemente mientras su amiga lloraba desconsolada. Comenzó a acariciarle el pelo y se mantuvo expectante a que le explicara qué le ocurría para haberla recibido así.

- Lo siento –dijo mientras se separaba lentamente- No he podido evitarlo.
- ¿Qué te ocurre, Silvia? –preguntó dulcemente.
- Es… es Ángela… -apenas podía continuar, volvió a sollozar y se abrazó a Raquel nuevamente.
- ¿Qué le pasa?
- Se… se… -hizo una pausa- ¡Raquel, se ha suicidado! Por mi culpa, por haber delatado a Morente y Nacha, porque fue ella la que me lo dijo… -lloró más amargamente.

A Raquel le cayó la noticia como una bomba. El semblante se le tornó sombrío, pero pronto lo cambió a sabiendas de que lo último que necesitaba Silvia ahora era su preocupación. La abrazó con más fuerza y le dio un beso en la mejilla. Su amiga seguía llorando, le secó las lágrimas y le tomó la cara entre sus manos.

- Escúchame bien, no debes sentirte culpable. Ángela tenía mucho miedo de Nacha y Morente antes de que sucediera todo esto –hizo una pausa- Ella siempre fue una persona temerosa, inestable.
- Pero… -trató de interrumpirla.
- Pero nada, quiero que te quites eso de la cabeza. Es una pérdida dolorosa, desde luego, pero tienes que ser fuerte y salir adelante.
- Ya… -bajó la mirada.
- No te oigo –buscó los ojos de su amiga.
- Lo sé, lo sé –susurró esta vez mirándola a los ojos.

Raquel volvió a abrazarla y Silvia suspiró algo más aliviada. Había conseguido mucho más que sentirse mejor, había recuperado a su gran amiga. Aquellos días sin el apoyo de Raquel se le habían hecho un mundo. De pronto, todos los problemas que habían tenido en el pasado volvieron a su mente.

- Lo siento –susurró Silvia.
- ¿Por qué? –preguntó separándose de ella.
- Por todo lo que ha pasado entre nosotras… Por haberte ocultado todo.
- No… -dijo algo apurada- Yo venía precisamente a eso.
- ¿Venías a pedirme perdón?
- Sí –contestó algo cohibida.
- ¿Por qué?
- Porque no soportaba estar más tiempo sin hablarte… Por lo que te dije, por ser tan tonta… por… -Silvia le tapó la boca con un dedo.
- Calla. Eso ya no importa –y la abrazó de nuevo.

Las dos se sintieron reconfortadas después de aquella conversación. Se mantuvieron unos instantes así, abrazadas, hasta que el doctor Rivero las interrumpió.

- Lo siento, chicas –tenía el semblante serio- Silvia, necesito hablar contigo.
- ¿De qué?
 - Oh, de nada importante –movió las manos de forma nerviosa- Casos clínicos que me ha comentado la directora.
- Tranquilo, doctor, hay formas más sutiles de pedirme que me vaya –dijo Raquel medio seria, medio bromeando.

El doctor no correspondió a la broma y se sentó en su silla. Raquel miró a Silvia y le guiñó un ojo antes de irse. Silvia se acercó a la mesa del doctor y tomó asiento al borde del escritorio, junto a él.

- ¿Qué ocurre?
- Silvia, la directora y yo hemos encontrado esto en la celda de Ángela. Lleva tu nombre –dijo mientras le tendía una hoja doblada.

martes, 4 de septiembre de 2012

(X) vuelve de vacaciones...

Hace poco más de un mes que no actualizaba el blog, pero es lo que tiene meterse en agosto de lleno y disfrutar tanto de las fiestas de tu pueblo como de tu gente. Además de que luego vinieron las visitas de Carol, Elena y Lara y el viaje a los Nortes...

Perdón a los que leían el blog y de pronto se vieron con una historia incompleta. Volveré a retomarlo a partir de mañana, cosa que sé que a más de una le hará ilusión. Porque ya he recibido "amenazas" o "invitaciones" a retomar la historia. No es por mí, ha sido por falta de tiempo. Pero vamos, que mañana vuelvo con las pilas cargadas y con más sobre Silvia, Raquel y toda la tropa de Alcalá de Guadaira.

Por lo pronto, os dejo unas fotos sobre lo que me tenía ocupada todo este tiempo. Espero que sepáis comprenderme :)

Besos.

Un poco de playita

Un poco de turismo

Atardeceres en el mar

Quedar con los amigos

Pasear por Elche de noche

Tomar algo en buena compañía

Disfrutar de la NO-Nit del Albà

Y aprovechar el tiempo en Fiestas

jueves, 2 de agosto de 2012

(X) 23. Los remordimientos de Silvia

Tanto Silvia como el doctor Rivero se quedaron sorprendidos ante el panorama que se encontraron en aquella celda. Rápidamente, el doctor, con ayuda de la celadora, bajó a Ángela de la tubería donde estaba suspendida. Silvia estaba completamente paralizada por la imagen. El doctor la despertó a gritos para que le ayudara a reanimar a la joven.

Entre los dos le quitaron la soga del cuello. El doctor le tomó el pulso y comprobó si todavía respiraba. Comenzó a practicarle el masaje cardiorespiratorio para intentar reanimarla. Silvia imploraba para sí misma que Ángela volviera en sí. La celadora se levantó y fue a avisar a la directora.

El doctor Rivero continuó con el masaje hasta pasados diez minutos, momento en que desistió y miró a Silvia con signo negativo.

- No se puede hacer nada. Era tarde ya cuando hemos llegado –dijo el doctor con pena mientras se frotaba la frente tras la fatiga-. Pobre, tan joven…

Silvia comenzó a llorar y salió de la celda mientras ahogaba un sollozo. En ese momento, la directora vino seguida por la celadora que la había alertado.

- ¿Qué ha pasado? –le preguntó a Silvia, pero ésta no pudo contestar.
- Señora directora –le alertó el doctor desde dentro de la celda- Pase, pase.

La directora entró en la celda y vio al doctor junto al cuerpo sin vida de Ángela. El médico movía su cabeza de lado a lado y apretaba los labios en señal de impotencia. La señora Jiménez se cruzó de brazos.

- No he podido hacer nada, de verdad, señora directora –susurraba el doctor.
- No se preocupe, doctor –hizo una pausa- ¿Por qué habrá hecho esto?
- ¿Quién sabe? –apuntó.
- Avisaré para que se la lleven. Tómese el día libre, doctor. Ya ha hecho bastante por hoy.

La directora salió de la celda de nuevo y se encontró con Silvia en el pasillo, quien todavía estaba llorando por todo lo acontecido. Se colocó a su lado y le preguntó si sabe por qué lo había hecho.

- ¡No sé, no tengo ni idea! –saltó a la defensiva.
- Tranquila, tranquila, solo te pregunto –intentó calmarla.
- Pues no sé nada –balbuceó.
- Está bien.

La directora no creía las palabras de Silvia, sabía que escondía algo y que sabía los motivos que llevaron a Ángela a suicidarse. Pero era la propia Silvia la que no sabía por qué lo había hecho. Morente y Nacha no podían haberla amenazado porque estaban en la celda de castigo. Pero, ¿entonces qué? Quizá Ángela sabía lo que le esperaba tras la salida de ambas reclusas, quizá no se quiso arriesgar y decidió terminar con todo. Pero, ¿hasta el punto de acabar con su vida?

Silvia se encontraba fatal. Se sentía culpable por haber revelado a la directora la autoría del ataque a Raquel. Quizá si lo tendría que haber dejado. Ahora Ángela seguiría viva. Se fue pasillo arriba sin dejar de llorar en dirección a la enfermería. Estuvo allí durante horas. No quería ver a nadie más y no dejaba de llorar. Tanto estuvo haciéndolo que llegó un momento en que de sus ojos ya no manaba líquido alguno. Estaban hinchados y muy enrojecidos.

La puerta de la enfermería se abrió y una cara conocida entró. Silvia se dio la vuelta, se quedó mirando a quien había entrado y se lanzó a sus brazos buscando comprensión.

<< 22. Consecuencias                                       24. Apoyo >>

miércoles, 25 de julio de 2012

(X) 22. Consecuencias

Todas estaban en el salón comiendo como de costumbre. Nada parecía estar fuera de su sitio. Silvia comía en silencio junto a Ana, que de pronto la interrumpió de un codazo y la hizo mirar hacia donde señalaba. Dos celadoras entraron en el lugar y se acercaban prestas a la mesa donde comían Nacha y Morente. 

- ¡Arriba las dos! La directora quiere que vayáis a la celda de castigo. 
- ¿Perdón? –preguntó socarronamente Morente- Yo no voy a ir a ninguna parte. ¿Qué he hecho para que me tengan que llevar allí? 
- Eso –correspondía a la queja Nacha. 
- Sabéis bien de qué se os acusa. La directora sabe que habéis sido vosotras las que agredisteis a una reclusa el mes pasado –apuntó una de las celadoras 
- ¡Eso es mentira! - Podéis ir por las buenas o por las malas. Así que vosotras decidís. 

No se lo podían creer. Nacha y Morente miraban sentadas todavía a las dos celadoras que estaban justo enfrente de ellas con actitud autoritaria. Poco a poco, todas las reclusas iban girándose para presenciar aquella insólita escena. Pocas, por no decir ninguna, habían visto alguna vez a las dos reclusas ser castigadas. 

- ¿Quién nos ha acusado? Exijo saberlo ahora mismo –bramó Morente. 
- No exijas tanto y levántate. 
- Es increíble, increíble –decía por lo bajo Nacha mientras se levantaba seguida de Morente. 
- ¡Vamos! –gritó la segunda celadora- No tenemos todo el día. 
- Ya va, ya va… Y a vosotras –dijo Morente girándose al resto de las reclusas como si estuviera dando un discurso- os aviso. Como me entere de quién ha sido la que nos ha acusado, se puede ir preparando para lo que le espera. 
- ¡Venga, fantasma! –la empujaba la celadora- Ya tenía yo ganas de meterte un rato en la celda de castigo. 
- ¡Suelta! Sé caminar sola –mientras intentaba zafarse. 

Al salir del comedor, todas las reclusas comenzaron a cuchichear. Algunas lanzaron vítores leves por el castigo. También se escucharon otros comentarios como “aleluya” o “ya era hora”. Las más temerosas tenían miedo de la amenaza de Morente, entre ellas Ángela, que movía nerviosamente los cubiertos de un lado a otro y miraba hacia la mesa de las dos reclusas. Pero por lo general, todas se alegraban de que al fin les hubieran dado su merecido. 

Silvia se giró para ver la reacción de Raquel. Estaba impasible. Seguía comiendo de su plato y no comentaba la jugada con ninguna de las chicas que se sentaban en su mesa. Ella, en cambio, estaba feliz porque su plan había dado resultado finalmente. Lo celebró efusivamente con Ana, quien jaleaba a las demás presas con su alegría. Finalmente, tuvieron que intervenir algunas celadoras para lograr calmar aquel alboroto. 

*** 

El castigo a Nacha y Morente había cambiado el ambiente en Alcalá de Guadaira. Las chicas parecían más relajadas, menos tensas ante la ausencia de las dos reclusas. Incluso se podía decir que se oía más alegría en los corrillos de reclusas. Pero el castigo no sería eterno. La directora Jiménez las había dejado en la celda de castigo durante una semana y, en cuanto volvieran, quién sabía cómo serían las cosas. 

Silvia había aprovechado para pedirle a la directora que la mandara a la enfermería definitivamente. Le gustaba aquel lugar y no veía como un castigo tener que pasarse varias horas al día allí. Al contrario, le ayudaba a sentirse útil y a no pensar en los seis meses que tendría que estar ahí todavía. Además, el doctor Rivero era feliz teniéndola cerca. Le recordaba a la hija que jamás pudo tener y que siempre deseó. 

Silvia y él se pasaban las horas muertas hablando de todo. Política, economía, deportes… Se compenetraban muy bien y se podía decir que habían llegado a admirarse profundamente. Ella intentaba hacerle más llevadero el día a día en aquella cárcel donde había perdido su vocación y él le hablaba de lo que acontecía fuera de aquellas cuatro paredes. 

- ¿Te puedo hacer una pregunta? –dijo el doctor Rivero. 
- Claro, pregunte. 
- ¿De verdad conoces a ese periodista del Diario de Sevilla? Sigo intrigado con el tema… 

Silvia comenzó a reír a carcajadas, lo cual contestó a la pregunta del doctor. Hasta él se había creído la historia que le contó a la directora. El hombre acabó por reír con ella ante lo bien que le había salido el plan. Las risas fueron interrumpidas por una celadora que pidió a ambos que la siguieran rápidamente porque una presa necesitaba atención sanitaria. 

El doctor Rivero cogió el maletín con el instrumental y fue corriendo tras ella, seguido de cerca por Silvia, que se temía lo peor. Cruzaron media cárcel hasta llegar a la celda de la reclusa. La celadora abrió la puerta para que pudieran entrar. Y ahí estaba Ángela, inerte, mientras una sábana rodeando su cuello la sostenía en el aire. 


<< 21. Contra las cuerdas                         23. Los remordimientos de Silvia >>

(X) 21. Contra las cuerdas

Caminaba de un lado al otro del pasillo, nerviosa, preocupada. Tenía que salir bien, lo conseguiría. La puerta ante la que se encontraba se abrió de repente. La señora Jiménez la invitó a pasar con un gesto y Silvia se apresuró a obedecerla. 

- Dime, ¿qué querías hablar conmigo? –preguntó mientras tomaba asiento. 
- Verá. Usted sabe que hace tiempo que le dije que tenía que investigar la agresión de Raquel. Como no quiso hacerme caso –Silvia hizo una pausa y la directora torció el gesto- me he dedicado a investigar por mi cuenta. 
- ¡Te dije que lo dejaras estar! 
- Ya, pero no quise. No creo que le haga mal a nadie investigando qué pasó. Y si usted no quiere hacerlo, pues tendré que hacerlo yo misma. 
- Bueno y si ya lo has investigado, ¿qué quieres que haga yo? –contestó con cierta bordería. 
- Sé quiénes la atacaron y cómo se desarrolló todo. 
- ¿Y tienes pruebas para demostrarlo o simplemente has dejado volar tu imaginación detectivesca?
- No se burle de mí, le digo que sé quién lo hizo y eso es porque tengo la confesión de una persona. 
- ¿Y dónde está que no la veo? 
- Bueno, pues… -dudaba- No quiere dar su nombre, se siente en peligro. 
- A ver si me entero bien, ¿estás lanzando una acusación con un testimonio que ni siquiera quiere confesar? No hay que ser muy listo para ver que tu teoría no se sostiene. 
- Si va a seguir protegiéndolas, adelante. Pero le aseguro que no le va a hacer ninguna gracia las consecuencias. 

Silvia se levantó de la silla e hizo ademán de salir por la puerta. La señora Jiménez la paró en seco y le pidió que se quedara. 

- ¿Qué consecuencias? ¿De qué estás hablando? –por primera vez estaba preocupada. 
- Sí, consecuencias… Para nadie es un secreto que todas las personas de esta cárcel, tanto presas como el personal, están encubriendo ciertas actitudes que en otro lugar serían intolerables. 
- No te pases de lista… 
- No, no me paso de lista, digo lo que veo –continuó- Si usted no hace nada contra estas dos personas, creo que ya ni hace falta decir quiénes son, me veré obligada a tomar medidas. 
- ¿Qué medidas? ¡Explícate y deja de divagar! –estaba perdiendo la paciencia. 
- Ayer vino a verme mi madre. Le dije que aquí pasaban cosas raras, ya sabe, cosas injustas –se recostó en el asiento con la seguridad de quien maneja la situación- Y claro, le dije que si en dos días no me ponía en contacto con ella, que avisara a mi amigo Pedro. 
- ¿Quién es ese Pedro? 
- Ah, le gustará conocerlo. Es un periodista del Diario de Sevilla. Majete él, sí. El caso, que me voy por las ramas… Que si no la llamaba, mi madre llamaría a Pedro y le contaría mi versión. 
- ¿Qué versión, niña? ¡Habla claro! 
- Ay, señora directora, no la veo bien. Relájese. ¿Pues qué versión iba a ser? De cómo usted está encubriendo a Nacha y Morente. De cómo esas dos tienen a todas las presas. De su mala gestión y de lo mal que funciona esta cárcel. 
- Serás… -pegó un respingo de su asiento. 
- Yo de usted me trataría con cariño –cruzando los brazos- No querrá que mi madre le cuente a Pedro más cositas interesantes, ¿verdad? No creo que le guste a la Diputación de Andalucía todo lo que le puedo contar. Y mucho menos si pretende que le den la subvención que tanto anhela para irse de aquí, ¿no? 
- No te creo, estás de farol –dudó por un instante. 
- ¿Ah, no? Pues llame por teléfono a la redacción. Pedro González Romero. 29 años. Redactor en la sección de Política. ¿Le doy la talla de zapato o así le va bien? 
- Está bien. ¿Qué quieres? –se resignó. 
- Quiero que castigue a Nacha y Morente. Un castigo ejemplar. Usted verá cómo se lo monta, pero que paguen por lo que hicieron. No creo que le hagan falta pruebas para saber quiénes fueron. Usted misma lo sabe, pero prefiere mirar a otro lado. 
- Vale –contestó a desgana- Pero no te creas que te voy a complacer en todo lo que quieras. 
- Todo lo que quería es esto… Si lo hace, ya me habrá complacido. Dos días, no lo olvide –y salió por la puerta del despacho. 

Silvia no podía creerlo. Su plan había funcionado. Solo tenía que esperar a que la directora cumpliera su palabra y podría hacer justicia con Raquel. Le apetecía ir corriendo a contárselo, hasta que recordó que seguían sin hablarse. Toda la felicidad se tornó en melancolía. La echaba de menos, pero no sabía cómo decírselo. Pensó que era mejor que el tiempo curara las heridas porque, ¿para qué estropearlo más? 

<< 20. El trato de Ángela                             22. Consecuencias >>

lunes, 23 de julio de 2012

(X) 20. El trato de Ángela

Silvia se giró para mirar quién le hablaba y se dio cuenta de que era Ángela. Al fin había encontrado el momento propicio para preguntarle por la agresión a Raquel. La chica, de pelo corto y rizado, movía las manos con nerviosismo y no la miraba para no levantar sospecha. Aquello parecía como el encuentro que se da en las películas entre el policía y el confidente. Tenían que levantar la menor de las sospechas. 

- Mira. No me voy a andar con rodeos. Quiero que me digas lo de la agresión del mes pasado. Sé que estuviste allí. 
- Yo no sé nada –hizo ademán de levantarse. 
- Sí lo sabes –la agarró por el brazo- Y como no me lo cuentes, te voy a perseguir hasta que consigas decírmelo. Puedo ser muy persistente cuando me lo propongo. 

Ángela volvió a tomar asiento en el banco y centró su vista de nuevo en el partido que estaban jugando en la cancha. Miró a un lado y al otro para comprobar que no hubiera nadie que pudiera escucharlas. 

- No puedo contarte gran cosa. Me dieron dinero para que fuera a aquella hora a la biblioteca. Solo eso. 
- ¿Quiénes? - Por favor, no puedo decírtelo. Si te lo digo, vendrán a por mí. 
- Dímelo, necesito saberlo. Entiendo que tengas miedo, pero tenemos que acusarlas para que no se vuelva a repetir esto –imploraba-. ¿Sabes que enviaron a una chica a la enfermería? 
- Lo sé, lo sé –se repetía sin mirarla- Pero no puedo hacer nada. 
- No puedo creer que seas capaz de dormir por las noches sabiendo que fuiste parte de ello. 
- Yo solo hice lo que me pidieron. En esta cárcel es mejor tenerlas contentas a que te tengan en el punto de mira –apuntó- Tú no lo entiendes. Aquella agresión no fue nada. Quiero decir, no me malinterpretes, que Nacha y Morente son capaces de mucho más… 

Ángela palideció al instante. Había delatado los nombres de las dos personas que la habían obligado a hacer aquello. Enseguida se tapó la boca y comenzó a agitar la cabeza de un lado a otro. 

- Mierda, mierda, mierda… -se maldecía una y otra vez- Ahora vendrán a por mí. 
- No, no irán a por ti. Tienes que contarle a la directora lo que me has dicho… Seguro que así hace algo y deja de encubrirlas. 
- ¿¡Es que no lo entiendes!? Aquí todos oye y miran, todos saben lo que ocurre aunque estés sola. Nacha y Morente no están aquí por delitos menores. Vienen de toda una trama organizada. Si te las buscas de enemigas, tendrás que sufrir las consecuencias. No vale con que las trasladen o con que tengas suerte y salgas de aquí –respiró un poco- Vendrán a por ti, estés donde estés. Y ahora lo harán conmigo. 
- ¿Por decírmelo a mí?
- Ellas atacaron a Raquel para mantenerla a raya. ¿No lo entiendes? Es su modus operandi. A quien de verdad va en su contra… Le hacen cosas peores –seguía nerviosa por la confesión. 
- ¿Como qué? - Como buscar algo tuyo, investigarte. Te hacen la vida imposible hasta el punto de desear la muerte –decía en tono melodramático. 
- Me parece que estás exagerando… 
- ¡Para nada! –decía Ángela- Más de una tuvo que ser trasladada porque no soportaban estar aquí de esa manera. 
- Pues eso se va a terminar –zanjó Silvia- Vas a venir conmigo para contárselo a la directora. 
- ¡Ah, no! Eso ni pensarlo… Rezo porque no se enteren de que te lo he contado. Si se lo digo a la directora, me matarán, Silvia, me matarán. 
- Pero si dices que las protegen… 
- ¿Y qué? Cuantas menos broncas tengan, mejor… -negaba con rotundidad. 
- Ángela… 
- ¡No! Y no me líes más, bastante he soltado por hoy –y se marchó dejándola sumida en un mar de incertidumbres. 

Silvia se quedó pensando en la situación de Ángela. Tenía información como para mantener su versión de la agresión, pero no contaba con el testimonio y no sabía cómo utilizarla. La directora Jiménez nunca la creería si no llevaba pruebas y en el caso de que las llevara, tampoco sabía si la creería. ¿Qué podía hacer? Necesitaba pensar algo y rápido. No le gustaba la idea de que Nacha y Morente estuvieran a sus anchas y tuvieran a aquellas mujeres dominadas. Decidido: se la jugaría. Solo esperaba que la cosa le saliera bien. 

<< 19. La visita                         21. Contra las cuerdas >>

viernes, 20 de julio de 2012

(X) 19. La visita

Pasó un mes desde que Raquel y Silvia discutieron por culpa del encuentro en la biblioteca. Desde entonces, Silvia había intentado acercarse a Ángela para descubrir más cosas acerca del ataque a su ex amiga, pero no conseguía encontrarla a solas. Ana la ayudaba dándole alternativas, como que intentara encontrarse con ella en el patio o en la fila de la comida. Algo que pudiera llamar la atención sobre Ángela para disponer de un encuentro más privado. Pero no había forma. 

Por otro lado, los días se le hacían aburridos tras cumplirse el plazo de un mes en la enfermería que le había puesto la directora. De todas formas, Silvia siempre que podía iba a ver al doctor Rivero y le ayudaba con sus cosas. La biblioteca ni la pisaba. Sabía que Raquel estaría allí, ensimismada en sus libros, así que buscó en el deporte algo de alternativa a sus horas de ocio. 

Raquel, por su parte, había vuelto a ser la chica callada y solitaria del principio. Siempre que podía evitaba cualquier contacto con Silvia, ya fuera en la fila del comedor, en las mesas o en cualquier otro sitio donde pudiera cruzársela. Sus días se basaban en ducharse, desayunar, ir a la biblioteca, comer, volver a la biblioteca y cenar. Sabía que Silvia no iría a la biblioteca sabiendo que ella estaría ahí, así que se encerró todavía más en aquellas cuatro paredes. 

Aquella mañana, y por primera vez en el tiempo que llevaba en la prisión, Silvia recibió una visita. Una celadora entró en su celda para avisarle de que había alguien que quería hablar con ella. Bajó las escaleras acompañada de la mujer y llegó a la sala de visitas. Allí, tras el cristal, estaba su madre, con un pañuelo en la mano apretado contra su mejilla y una expresión de estupor. 

- ¡Mamá! Pero, ¿para qué has venido? Estos sitios no te hacen bien… -le dijo a su madre, que había comenzado a llorar tras el encuentro con su hija. 
- ¡Mi pequeña! Cariño, no podía dejar de venir. ¿Cómo estás? Llevo casi dos meses pensando si venir o no, pero la necesidad de verte era más grande –sollozaba- ¿Cómo te encuentras? ¿Te han hecho algo estas mujeres? Dime que no, hija, por favor. 
- No, mamá, tranquila. 
- ¡Ay, hija mía! Esto no es lo que una madre espera para su hija. Cariño, tienes que aguantar… Vas a salir pronto. 
- Mamá –la interrumpió- ¿Cómo va lo del recurso? ¿Has hablado con el abogado? 

La cara de su madre cambió radicalmente. No eran buenas noticias. El abogado que la familia había contratado intentaba encontrar algún escape legal para que su defendida pudiera salir de prisión. Al menos, obtener la libertad condicional por ser su primer delito y no tener pruebas concluyentes de que ella fuera la autora intelectual. Pero el juez que llevaba su caso era intratable e inflexible y no consiguió que le diera la oportunidad de conseguir el amparo. 

A Silvia se le vino el mundo encima. Su madre intentó explicarle que hasta pasados seis meses no había posibilidad de conseguir que el recurso fuera llevado a trámite. ¡Seis meses! Para cuando todo terminara, entre el juicio y la burocracia, ya habría cumplido su condena íntegramente. Marisa se echó a llorar al ver la cara de su hija. 

- Lo siento, cariño. No podemos hacer más. 
- Tranquila, mamá. –trató de calmarla- Todo saldrá bien. Esperaremos lo que haga falta. Tú tranquila, que aquí no tengo problemas. Todo va bien –apuntó sin terminar de creérselo. 
- Ay, mi pequeña, mi niña –se repetía una y otra vez. 

Silvia se despidió de su madre y salió por el pasillo acompañada por una de las celadoras. “Seis meses”, se repetía una y otra vez en su cabeza. Pensó en ir al patio un rato, necesitaba que le diera el aire. Se encaminó hasta allí y se sentó en un banco mientras unas cuantas reclusas jugaban al baloncesto. Estaba tan absorta que no se dio cuenta de que una de las reclusas se había sentado a su lado. 

- Ana me ha dicho que quieres hablar conmigo. Te escucho. 

<< 18. El distanciamiento                        20. El trato de Ángela >>

jueves, 19 de julio de 2012

(X) 18. El distanciamiento

Silvia se quedó helada al ver a Raquel en el pasillo y con los brazos cruzados. La chica la miraba esperando una respuesta y su cara reflejaba decepción y enfado a partes iguales. Silvia miró al suelo intentando encontrar las palabras necesarias para explicarse. 

- ¿No tienes nada que decir? -Raquel seguía esperando alguna reacción. 
- Tenía que venir… 
- Me prometiste que no lo harías –la increpó. 
- Y tuviste que venir a comprobarlo, ¿no? 
- ¡Ahí te equivocas! –le levantó la voz- Fui a la enfermería a hacerte compañía porque sabía que ibas a estar sola. Y al ver que no estabas allí, vine para acá pensando que no habrías sido capaz. 
- Pues sí, vine. Y además vine para investigar algo que te pasó a ti –apuntó remarcando las últimas palabras bien. 
- Ah, perdona… no sabía que tenía que darte las gracias por algo que no te he pedido y que te dije que dejaras de hacer –respondió Raquel con sarcasmo. 
- Solo quería que se hiciera justicia. Quería que castigaran a alguien por esos golpes que te dieron. 
- ¡No necesito que nadie venga a protegerme! Sé cuidar de mí misma. 
- Sí, se nota, se nota… Solo hay que ver lo bien que te cuidas –apuntó mientras la observaba de arriba abajo aludiendo a las cicatrices. 

Raquel encolerizó al oír aquellas palabras. Hubiera deseado abalanzarse sobre ella y golpearla, pero no podía. Aquellas palabras la volvieron loca de rabia. Le profirió una mirada de rencor a su amiga mientras apoyaba bien los pies en el suelo para evitar hacer una tontería. 

- No creía que fueras tan ruin de decir semejante cosa. Al final eres como todas. No entiendes nada y prefieres juzgar –y se fue por el pasillo. 

Silvia hizo el amago de seguirla, pero todavía estaba enfadada por la forma de actuar de Raquel. Sabía que se había excedido en la última frase, se arrepintió en sus adentros, pero no digo nada por remediarlo. Giró sobre sus pasos y volvió a la enfermería. 

*** 

Aquella noche, Raquel y Silvia cenaron en sitios diferentes del comedor. Silvia se sentó junto a Ana, quien aprovechó para enseñarle quién era Ángela. La chica notaba a su amiga rara y le extrañó que no se sentara con Raquel como hacía todas las noches. Silvia no dijo nada en toda la noche, a decir verdad, ni siquiera comió mucho. Ana quería preguntarle, pero no sabía hasta qué punto había recobrado su amistad y si podía tomarse esas licencias. 

- ¿Estás bien? –se animó al final. 
- Sí –contestó en un susurro sin levantar la vista del plato. 
- Pues como sigas dándole vueltas a esas patatas las vas a terminar haciendo puré. ¿Ha pasado algo con Raquel? 

Silvia levantó la vista y se dio cuenta de que su amiga la miraba desde el otro extremo del comedor. En el momento en que sus miradas se cruzaron, se esquivaron para no reconocer que estaban pendientes la una de la otra. 

- Nada, no ha pasado absolutamente nada… 
- Pero, erais tan amigas… 
- Ana, te he dicho que no ha pasado nada, ¿de acuerdo? –contestó secamente. 
- Entendido. 

Aquella noche, Silvia y Raquel no pudieron casi pegar ojo. Silvia no podía dejar de recordar todas las palabras que le había dicho a su amiga. Ésta, en cambio, no podía sacar de su mente todos los golpes recibidos mientras de fondo oía la voz de Silvia. 

<< 17. Las dudas se van aclarando                          19. La visita >>

miércoles, 18 de julio de 2012

(X) 17. Las dudas se van aclarando

Silvia reconoció de inmediato la voz que le hablaba por la espalda. Era Ana. La chica no podía cerrar la boca de la impresión, no se esperaba que su informadora fuera ella. 

- Te preguntarás qué tengo que ver yo en todo esto, ¿no? –le decía sin mirarla a los ojos. 
- Hombre, algo sorprendida estoy, después de todo… 
- Llevo tiempo queriendo hablar contigo. Después de lo del castigo y demás –se sentía cohibida porque sabía que tenía parte de culpa en eso. 
- ¿Has venido para eso? 
- No, no, espera –la tomó del brazo evitando que se fuera- Déjame terminar. Quería hablar contigo, pero no pude. Ahora he venido para contarte lo que sé. 
- Habla –seguía manteniéndose firme. 

Ana miró a los lados asegurándose de que no hubiera nadie y la arrastró hacia el fondo de la biblioteca para evitar que Rosa escuchara nada. 

- El día que sucedió todo, yo estaba en el patio con otras chicas. Nacha y Morente se acercaron a una de ellas y, con una mirada, se la llevaron a otro lado para hablar. Al cabo de un rato, la chica volvió. Estaba pensativa y no dejaba de preguntar si sabíamos qué hora era. A mí todo aquello me hizo sospechar, pero no imaginé nada hasta que me enteré de lo que había sucedido. 
- ¿Crees que fue ella el cebo? 
- Estoy casi segura. En los días posteriores, Nacha se acercó a ella y le dio algo por debajo de una mesa. Creo que fue a modo de recompensa por el trabajo realizado. 
- ¿Y qué era? –preguntó inquieta. 
- No lo sé, no pude verlo. Pero no era difícil imaginar por qué se lo daba. 
- ¿Y ella se prestó tan tranquila? ¿Por qué? –seguía preguntando para intentar comprender lo sucedido. 
- Aquí es mejor no tener enemigas. Y mucho menos en Nacha y Morente. Son capaces de hacerte la vida imposible. Supongo, esto ya es aventurarme, que necesitaban a alguien que les ayudara y la chantajearon o algo. Si no, no creo que se hubiera prestado. 
- No sé por qué estás tan segura. Aquí hay gente dispuesta a todo, por lo que parece. 
- Silvia, tú no tienes maldad alguna y crees que todos son como tú, pero cuando lleves más tiempo aquí, te darás cuenta de que las cosas no son color de rosa y que sobrevivir es el único objetivo. 
- Ya veo –hizo una pausa- ¿Y quién fue? Necesito que me digas su nombre. 
- ¿Vas a hablar con ella? Deberías dejarlo estar. 
- ¡Qué harta me tenéis todas con dejarlo estar! Dime su nombre. 
- Está bien. Se llama Ángela. En la cena te digo quién es. 

Silvia se quedó mirándola en silencio. Necesitaba saber qué iba a hacer con esa información. ¿Tenía que hablar con ella? Intentaba ordenar sus pensamientos para saber cuál era el paso a dar a continuación. 

- Silvia. ¿Podrás perdonarme alguna vez? 
- No te preocupes por eso ahora –mientras le apretaba el brazo en señal de afecto. 

Las chicas se miraron y sonrieron. Habían recuperado su amistad y las dos lo agradecieron. Ana se fue de la biblioteca antes que Silvia. Después de un rato, hizo lo propio y salió por la puerta. 

- Ya veo lo que vale una promesa tuya –dijo Raquel, quien estaba esperando en el pasillo. 

<< 16. Encuentro en la biblioteca                           18. El distanciamiento >>

lunes, 16 de julio de 2012

(X) 16. Encuentro en la biblioteca

Silvia se quedó pensando. Raquel, que también había ojeado la nota, la sacó del ensimismamiento que le había provocado esas palabras. 

- ¿Por qué no me habías dicho que estabas investigando? ¿No te dije que era mejor que lo dejaras? 
- No puedo dejarlo –abría y cerraba el papel. 
- Pero te vas a meter en problemas. No pasa nada, ya está, estoy bien. 
- ¡No me vale! –la conversación empezaba a subir de tono. 
- Silvia, no quiero que te metas en líos… -intentaba disuadirla con un tono moderado. 

Su amiga estaba callada, entendía las palabras de Raquel y comprendía el riesgo que suponía investigarlo. Pero iba a hacerlo de todas maneras. 

- Silvia, por favor, prométeme que no irás a esa reunión –le esquivó la mirada como respuesta- ¡Eh! Que me lo prometas. 
- Está bien, no iré… 
- Promételo. 
- Lo prometo… Pero, al menos dime: ¿no has visto quién ha puesto la nota? 
- La verdad es que no –puso los ojos en blanco- Debió ser mientras esperaba en la fila. 
- ¿Y no recuerdas quién estaba a tu lado? 

Raquel la miró fijamente y con el ceño fruncido. Silvia comprendió que era mejor dejarlo. Quizá sí se estaba obsesionando demasiado con el tema, pero no soportaba que en aquel lugar las maldades se quedaran sin castigo. 

La comida transcurrió con normalidad después de la nota, pero Silvia no se logró quitar de la cabeza la idea de ir a la biblioteca. Para intentar distraerse, se fue a la enfermería a seguir ordenando los armarios. El doctor Rivero había salido a comer y no volvería hasta el día siguiente, así que podría estar tranquilamente haciendo su trabajo. 

Comenzó por las medicinas en cápsulas y luego siguió por los frascos. Pero no lograba concentrarse. Miraba cada diez minutos el reloj para ver qué hora era. Su cabeza era una pelea continua entre ir o no ir a la biblioteca. Se distrajo tanto que sin darse cuenta se le cayó uno de los frascos del estante que contenía jarabe para la tos y llenó todo el suelo de un rosa pegajoso. 

- Maldita sea –bramó. 

Fue a por la fregona y limpió aquel estropicio. Una vez hubo terminado, dejó la fregona en su sitio y se quitó la bata. Miró el reloj por última vez: eran las 17,45. Suspiró y salió de la enfermería en dirección a la biblioteca.

Iba caminando despacio por los pasillos, como intentando pensar lo que iba a hacer. Antes de darse cuenta, estaba en la puerta de la biblioteca. Abrió y vio que estaba la misma celadora que cuando atacaron a Raquel. Movió la cabeza y comprobó que no había nadie más en la sala. Por un lado, agradeció que su amiga no estuviera allí. Le había prometido que no iría y Raquel confió en su palabra, no fue a cerciorarse de primera mano de que no acudía. 

Se adentró en la sala y fue a una estantería para coger un libro y disimular ante Rosa. Miró el reloj de pared que estaba justo sobre su cabeza. Eran las seis en punto. La puerta de la biblioteca volvió a abrirse, Silvia intentó mirar entre las estanterías para ver quién era. No lo consiguió. Volvió a mirar el libro y al levantar de nuevo la vista notó que había alguien cerca. 

- Gracias por venir –le dijo una voz desde atrás. 

 << 15. La nota                                17. Las dudas se van aclarando >>

viernes, 13 de julio de 2012

(X) 15. La nota

Con el paso de los días, las cosas volvieron más o menos a la normalidad en Alcalá de Guadaira. Raquel fue trasladada de nuevo a su celda y acudía de vez en cuando a la enfermería para que le miraran la herida de la cabeza y las distintas contusiones. Silvia, que todavía no había abandonado la idea de descubrir quién había atacado a Raquel, investigaba entre las presas quién fue la que alertó a Rosa, la celadora de guardia en la biblioteca, para dejar a su amiga sola. 

Ninguna de las presas soltaba prenda, como si las hubieran silenciado de golpe. Nadie había visto nada y ninguna se había enterado de la agresión, cosa improbable en una cárcel donde todas las noticias, por pocas que sean, vuelan. Raquel no sabía nada de la investigación que estaba llevando a cabo Silvia, le preocupaba más que hubiera visto sus marcas. Y aunque intentaba actuar con cierta normalidad cuando estaba con ella, sentía algo de recelo en determinados momentos. 

- ¿Te ocurre algo? –le preguntó Silvia mientras le quitaba el último punto de la frente. 
- No, no, nada… solamente estaba pensando en mis cosas. 
- Por un momento pensé que al quitarte el punto te había quitado medio cerebro –dijo con una mueca. 
- ¡Qué graciosa eres! 
- ¿Yo? Mucho. La alegría de la huerta. 

El doctor Rivero entró en ese momento en la enfermería y las advirtió de que era hora de ir a comer. Antes de que salieran por la puerta, el doctor retuvo a Silvia con la excusa de preguntarle algo sobre la enfermería. 

- Ve tú delante –le dijo a Raquel- Enseguida te alcanzo. 
- Vale –le contestó y se marchó por el pasillo dirección al comedor. 
- ¿Qué ocurre, doctor? 
- Sé que estás investigando lo de Raquel. 
- ¿Y?
- Silvia -puso tono serio a la conversación- No quiero tener que atenderte a ti también. Déjalo correr. 
- No, no puedo dejarlo correr. Usted lo vio, vio todas las cicatrices que tenía. Por no hablar de las nuevas que le saldrán ¿Cree que se merece que lo deje correr? 
- Niña, hay veces que las injusticias no se pueden solucionar. 
- Lo siento, doctor, pero en esto no le puedo dar la razón –y salió por la puerta dejando todavía más preocupado al doctor Rivero. 

Cuando llegó al comedor, todas las reclusas estaban sentadas con sus bandejas delante y dispuestas a comer. Raquel le había dejado una preparada a su lado. Silvia llegó hasta ella y le sonrió el gesto.

Las dos chicas empezaron a comer con toda normalidad. Silvia tomó su pan y cuando fue a partirlo se dio cuenta de que había un trozo de papel debajo. Miró a Raquel, que le devolvió la mirada, y lo abrió para ver su contenido. 

“Sé que estás investigando la agresión. Si quieres saber quién lo hizo, reúnete conmigo en la biblioteca a las 18.00 horas”.

<< 14. A la defensiva                             16. Encuentro en la biblioteca >>

jueves, 12 de julio de 2012

(X) 14. A la defensiva

Silvia recordó el nombre por el tatuaje que llevaba Raquel en la espalda. ¿Por qué preguntaría por él? En ese momento, no supo qué contestarle. Raquel seguía diciendo palabras inconexas, producto del golpe y de haber recuperado la consciencia poco a poco. Parecía que era una pregunta sin ningún tipo de fundamento, pues al momento dejó de nombrarlo, pero Silvia se quedó intrigada por aquel nombre. 

- Raquel, –le decía el doctor - ¿recuerdas algo de lo que te ha pasado? 
- No, no sé. ¿Dónde estoy? –preguntaba desconcertada. 
- Estás en la enfermería –respondió Silvia. 
- Me duele mucho la cabeza -se puso la mano en la frente- Y el resto del cuerpo también… 
- ¿No sabes qué pasó? –preguntó Silvia. 

Cerró los ojos durante un momento y apretó los dientes en señal de dolor. Poco a poco recuperaba el conocimiento y trataba de recordar lo que le había sucedido. 

- Estaba en la biblioteca. Recuerdo que me levanté para coger un libro de una estantería… Y ya no recuerdo más. 
- Te atacaron. ¿No pudiste ver nada? –preguntó el doctor. 
- Nada… Solo recuerdo verlo todo negro y hasta aquí. 
- Pues eso no nos ayuda mucho –añadió Silvia con pesadumbre. 
- Déjalo estar, ya has oído a la directora –apunto el doctor Rivero- Bueno, Raquel, ahora te vas a quedar aquí unas horas y en cuanto veamos que estás mejor, te llevaremos a tu celda. 
- Gracias, doctor –dijo en un susurro. 

El doctor prefirió dejarlas solas un rato mientras él volvía a su escritorio a ojear unos informes médicos. Silvia se sentó junto a Raquel mientras ésta todavía miraba de un lado a otro aturdida. 

 - ¿Te encuentras algo mejor? 
- Pssss… -decía sin dejar de sujetarse la cabeza- Me duele bastante. 
- ¿Quieres que le diga al doctor que te dé un calmante? 
- No, está bien así. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? 
- Como una hora –apuntó. 
- ¿Y habéis tenido que revisarme? –preguntó temerosa como si supiera que su secreto habría sido descubierto. 
- Sí… -la miró compasiva. 

Raquel torció el gesto e intentó girarse dándole la espalda a Silvia, aunque con dificultad por las contusiones que tenía. No le gustaba la idea de que tanto el doctor Rivero como ella hubieran visto sus marcas. No quería sentir la compasión de nadie. No quería que le preguntaran nada y mucho menos quería tener que dar explicaciones de su vida. 

- Si no quieres hablar de ello… No pasa nada –dijo Silvia poniéndole la mano en el hombro. 

Su amiga no contestó, simplemente movió el brazo y evitó el contacto con la mano de Silvia. Fue un gesto brusco que hizo que Silvia reculara y se levantara de la camilla donde estaba sentada. Quizá no tendría que haber dicho nada. Pero tampoco era normal que Raquel reaccionara así. 

- Mejor me voy –dijo Silvia- Veo que no te sirvo de mucho aquí y que has vuelto a cerrarte en banda. 
- Espera… -le dijo Raquel dándose la vuelta- No es eso. 
- No, claro que no es eso… Lo que ocurre es que teníamos que examinarte bien porque tenías el cuerpo lleno de contusiones… Y en lugar de darnos las gracias por atenderte, lo único que haces es poner mala cara cuando nadie te ha preguntado por esas cicatrices. 
- Lo sé –agachó la cabeza- No me gusta hablar de ello. 

Silvia comprendió que Raquel intentaba disculparse de la mejor forma que podía. No podía negar que le intrigaban aquellas cicatrices y que deseaba saber qué ocurrió para que las tuviera, pero también comprendía que con Raquel era mejor no presionar. Si algún día quería decir algo, tendría que ser por sí misma y no porque la obligaran. 

Y luego por otro lado estaba David, aquel nombre en el tatuaje que Raquel llevaba en la espalda y la forma en que lo había reclamado al despertar de la conmoción. No sabía si debía preguntar, pero algo le decía que tanto las cicatrices como el nombre estaban íntimamente relacionados. 

 << 13. Sin castigo                                               15. La nota >>

miércoles, 11 de julio de 2012

(X) 13. Sin castigo

Mientras el doctor Rivero curaba las contusiones de Raquel, Silvia la sostenía sin dejar de mirar aquel tatuaje y todas las marcas de su cuerpo. ¿Sería por eso por lo que no quería llevar el uniforme de verano? ¿Tanto se avergonzaba de aquellas marcas? ¿Había algo más? Tantas preguntas y sin respuesta. Silvia comprendió que lo importante ahora era curar a su amiga. Ya habría tiempo para saber todo aquello que le rondaba la mente. 

- Tiene una contusión fuerte. No creo que sea nada grave –apostilló el doctor. 
- ¿Pero tardará mucho en despertar? 
- No, no lo creo. De momento es mejor que repose aquí y luego veremos –dijo mientras se quitaba los guantes. 
- Doctor… ¿cree que han sido ellas? 
- ¿Quién si no? –puso los ojos en blanco- Ya te he contado cómo se las gastan. ¿Sabes si Raquel les había hecho o dicho algo? 
- Tuvieron un altercado esta mañana, pero fueron ellas las que vinieron provocándola. Además… 
- Además, ¿qué? 
- Creo que venían por mí y no por ella… -dijo con recelo. 
- Silvia, tienes que entender algo. Aquí no hay amigos. Porque en el momento que tienes enemigos, los amigos también están en el punto de mira. 

Aquello no le gustó. ¿Habría tenido ella la culpa de la agresión a Raquel? ¿Nacha y Morente se habían desquitado con ella al no poder hacerlo consigo? Un sentimiento terrible de culpa la invadió. Se giró hacia su amiga todavía inconsciente y le apartó un mechón de la cara. No quería que le volviera a pasar nada malo, no se lo merecía, y menos si era por protegerla a ella. 

La puerta de la enfermería se abrió. Era la señora Jiménez, que había sido alertada por la celadora y quería comprobar el estado de salud de Raquel. 

- A ver, ¿qué ha pasado aquí? ¿Cómo está? 
- La han atacado por sorpresa –contestó el doctor- Está todavía inconsciente. 
- ¿Pero está bien? Quiero decir, no es grave, ¿no? 
- Es una conmoción, pero volverá en sí enseguida. No se preocupe. 
- Bien, bien –dijo mientras jugaba con su reloj de pulsera- ¿Quién ha sido? ¿Lo saben? 

Silvia y el doctor se miraron. No tenían la respuesta clara, pero tampoco tenían muchas dudas sobre la autoría de la agresión. 

- Seguramente, Nacha y Morente –dijo Silvia. 
- ¿Cómo lo sabes? –preguntó haciéndose la sorprendida, como si las dos reclusas fueran un dechado de bien. 
- No hace falta ser muy inteligente. 
- Y tampoco pasarse de lista… -se paró por un instante- Como no hay pruebas y nos estamos basando solamente en suposiciones… no puedo hacer nada. 
- ¿¡Qué!? ¿Pero no va a hacer ninguna investigación? –puso el grito en el cielo- Pregúntele a la celadora quién la avisó para que saliera. Seguro que fue alguna de las dos. 
- Ya he hablado con ella y para tu información no fueron ni Nacha ni Morente quien la alertaron… 
- Pero eso tampoco es relevante… quiero decir… pudieron habérselo pedido a otra –apuntó- Pregúntele a ella cuando despierte… 
- Y me dirá que fueron ellas y tendré que castigar a alguien sin pruebas… 
- ¿No es lo que hace usted siempre? –bramó. 
- Estoy harta de tus intrigas. Te digo que no se puede hacer nada más… -se acercó a su rostro- Es mi palabra. Y mi palabra aquí es ley, ¿lo entiendes? 

El doctor Rivero tomó del brazo a Silvia para hacer que se calmara. La directora sonrió con toda normalidad y abandonó la enfermería no sin antes decirle al doctor que la avisara cuando despertara Raquel. 

- Esa odiosa mujer –masculló Silvia. 
- Ya te he dicho que aquí poco se puede hacer. 
- ¡No es justo! 

Raquel interrumpió su queja con un murmullo. Estaba recuperando la consciencia y decía cosas sin sentido. Apenas se la podía entender. Silvia corrió a su lado para que no se asustara cuando despertara del todo. 

- Raquel, estás en la enfermería –le dijo con cuidado. 
- ¿Dónde ésta él? –seguía aturdida. 
- ¿Quién? 
- David, ¿dónde está?

<< 12. Por la espalda                       14. A la defensiva >>

martes, 10 de julio de 2012

(X) 12. Por la espalda

El doctor Rivero cogió su maletín y se dispuso a seguir a la celadora. Antes de salir por la puerta le hizo un gesto a Silvia con la cabeza para que le siguiera. 

Los tres corrieron pasillo arriba para llegar a la biblioteca. No había nadie en ella. Silvia y el doctor Rivero seguían los pasos de la celadora a través de las estanterías hasta que llegaron al final de la sala. Ahí, tendida en el suelo, con una brecha en la cabeza e inconsciente, estaba Raquel. 

Silvia contuvo la respiración durante un instante y mientras contemplaba la imagen de su amiga en el piso, apretó los puños con fuerza a sabiendas de quiénes habían sido las culpables. Miró a su alrededor y el suelo estaba lleno de libros. Una de las estanterías estaba casi volcada y todo su contenido esparcido por todas partes. 

- ¡Silvia! Ayúdame, rápido. Pásame gasas. 
- Sí, doctor –mientras abría el maletín y sacaba lo que le pedía. 
- ¿Pero se puede saber qué le han hecho? –preguntó el doctor a la celadora. 
- Alguien se ha ensañado con ella. La culpa es mía –decía la mujer- no tenía que haber salido de aquí. 
- ¿Y por qué salió? – le reprochó Silvia. 
- Me dijeron que me reclamaban en dirección y salí –se excusó. 
- ¿Y usted es tan estúpida para creerse semejante mentira? –le gritó Silvia. 
- ¡A ver, por favor, esta mujer necesita atención, no que estén discutiendo por qué pasó y quién tuvo la culpa! –cortó de raíz el doctor. 

Una vez el doctor Rivero le curó la herida de la cabeza, mandó a las dos mujeres que le ayudaran a llevarla hasta la enfermería. 

- Rosa, vaya a avisar a la directora de lo sucedido –le pidió el doctor. 
- Sí, sí, doctor. 
- Eso, vaya a hacer algo en condiciones –murmuró Silvia enfadada mientras la celadora abandonaba la enfermería. 
- Vale ya, Silvia.
- No, no vale, ¿acaso no se da cuenta de cómo se encuentra? ¡La han atacado por su culpa! 
- Un fallo lo tiene cualquiera… Ahora lo que tenemos que hacer es curarle las heridas. De nada vale echarse las culpas. 

Raquel seguía sin volver en sí a causa del golpe de la cabeza. Silvia y el médico procedieron a desvestirla para poder reconocerla y comprobar que no tuviera ninguna herida más. Les costó bastante quitarle el uniforme. Llevaba varias capas de ropa a pesar del calor que hacía. Silvia ya se dio cuenta de ello la primera vez que la vio y no entendía por qué iba tan tapada. 

En el momento en que la despojó de la última prenda comprendió por qué llevaba toda aquella ropa. Tenía el torso lleno de cicatrices y en su brazo izquierdo, desde el codo hasta la muñeca, se deslizaba una enorme quemadura que había dejado marca en su antebrazo. Silvia no se lo podía creer. El cuerpo de su amiga era como un mapa enorme, un mapa del dolor que la recorría de arriba abajo. Ahora, tras la agresión sufrida en la biblioteca, Raquel tenía fuertes contusiones a la altura de las costillas. 

- Dios santo, la han dejado hecha un cromo… Aunque no es la primera vez, por lo que parece –agregó con pesadumbre. 
- ¿Qué le ha pasado, doctor? 
- Sea lo que sea, te aseguro que no fue en la cárcel. Lo recordaría… 

Una vez terminaron de comprobar el torso de Raquel, la giraron para mirarle la espalda. Allí también había más cicatrices de su pasado, pero no fue lo que más llamó la atención de Silvia. A la altura del hombro derecho había un pequeño tatuaje. Un chupete de unos cinco centímetros y con un nombre bordeándolo: David.

<< 11. Ten cuidado                               13. Sin castigo >>

lunes, 9 de julio de 2012

(X) 11. Ten cuidado

Silvia empezó a organizar aquella enfermería. Había tanto por hacer que le llevaría varios días ponerlo todo en orden. Comenzó por colocar todos los libros y recortes de periódicos a un lado. Era increíble que el doctor Rivero tuviera tal cantidad de información desparramada por ahí. El médico, mientras tanto, se mantenía sentado en su escritorio mirando por encima de sus gafas polvorientas los historiales de algunas de sus pacientes. 

- Oiga, oiga –llamó su atención Silvia- ¿Acaso cree que mi misión es estar aquí limpiándole la enfermería? Haga el favor de levantarse y echarme una mano. 

El doctor la miró con sorpresa, pero enseguida se levantó a ayudarla. Le gustaba su carácter, no se dejaba dirigir fácilmente y sabía poner orden cuando hacía falta, algo que le vendría muy bien a la enfermería. 

- ¿Lleva muchos años aquí, doctor? –preguntó Silvia mientras colocaba arriba del estante unos frascos. 
- Tantos que ya ni recuerdo… 
- Sé lo que quiere decir. ¿Tiene familia? 
- Tenía. Mi mujer falleció hace unos años –El rostro se le entristeció y la voz se le quebró por un momento. 
- Vaya, lo siento. ¿No tuvieron hijos? 
- Nunca pudimos. Lo intentamos durante años, pero jamás pude darle esa alegría –sus ojos empezaron a nublarse. 

Silvia se compadeció de aquel hombre. Su aspecto bonachón, su figura encorvada y menuda, aquella barba espesa y sus gafas diminutas escondían un hombre de grandes sentimientos al que la vida había machacado varias veces. No supo exactamente cómo reaccionar, así que dejó su mano en la espalda del doctor para reconfortarlo. Rivero agradeció aquel gesto y, una vez que se serenó, volvieron a ordenar aquella enfermería. 

- ¿Y tú? –preguntó el doctor al cabo de un rato- ¿Tienes familia? 
- Solo tengo a mi madre. Mi padre nos abandonó cuando yo tenía seis años. 
- Lo siento mucho. 
- No, esté tranquilo, es algo que ya está superado. Mi madre ha sido un gran apoyo para mí y no he necesitado de nadie más. 

Silvia y el doctor Rivero estuvieron conversando durante largo rato. Ella le contó los motivos de su encarcelamiento y cómo habían transcurrido los primeros días en el lugar. 

- Debes tener cuidado, niña –le previno- No sabes cómo se las gastan esas dos. Nacha y Morente son de lo peor de esta cárcel. 
- ¿Por qué? Lo que parece es que son unas fanfarronas. 
- Ten mucho ojo. Puede parecer que se les va la fuerza por la boca, pero te aseguro que son peligrosas. A más de una ya se lo hicieron pasar mal. 
- ¿Qué ocurrió? –sentía curiosidad y a la misma vez algo de temor. 
- Les gusta ir a por las nuevas. Es su entretenimiento. Primero, les hacen alguna jugarreta para incriminarlas ante la directora, como hicieron contigo.
- Ya veo... –masculló. 
- Luego, según cómo responda la susodicha, actúan en consecuencia. 
- No lo entiendo… 
- Si ella no las inculpa o no se defiende, la dejan tranquila… -hizo una pausa. 
- ¿Y si no? –preguntó dubitativa. 
- Si no, le hacen la vida imposible hasta que consiguen quitársela de encima… 
- ¿Se la cargan? 
- No les hace falta tanto como eso. Pero consiguen hacerle la vida imposible y hacen que la trasladen o que lo poco o mucho que le quede en este lugar se lo pasen atemorizadas. 
- ¿Es que nadie se ha dado cuenta nunca de esto? –inquirió Silvia. 
- La directora hace un poco oídos sordos. Es consciente de que Nacha y Morente también ayudan a que las cosas estén tranquilas y nadie se rebele. 
- ¡Pero si son ellas las que se rebelan! 
- ¿Prefieres a 200 mujeres rebeladas o solo a dos? 

Silvia calló al darse cuenta de que la respuesta era clara. La directora prefería que las cosas no se salieran del tiesto y por eso permitía los atropellos de Morente y de Nacha. Las dos reclusas sabían que contaban con el beneplácito de la señora Jiménez y se dedicaban a extender la ley del terror con toda presa que se les pusiera por delante. Y ahora tenían un objetivo claro. Ella misma. 

El doctor Rivero la miró mientras seguía colocando medicinas en sus correspondientes cajones. Sabía que lo que le había dicho la había dejado intranquila, pero tenía que advertirle del peligro que suponía llevarse mal con ellas dos. 

- ¡Rápido, doctor! –gritó desde la puerta una celadora que apareció en el lugar como una exhalación. 
- ¿Qué ocurre? 
- ¡Es una de las presas! Está herida, la han atacado –apenas podía hablar tras el esfuerzo. 
- ¿Quién ha sido? ¿A quién? 
- No sé quién ha sido, salí un momento y no pude verlo. Ha sido en la biblioteca.

<<10. La advertencia                           12. Por la espalda >>

viernes, 6 de julio de 2012

(X) 10. La advertencia

El barullo llamó la atención de las celadoras, que rápidamente se dispusieron a disipar la algarabía que se había producido en el salón. Raquel y Morente no llegaron a las manos por muy poco, pero las miradas que se profesaban dolían como golpes. Morente mascullaba algo en susurros, a modo de advertencia. Raquel, por su cuenta, aunque estaba siendo sujetada por Silvia y una celadora, no dejaba de hacer aspavientos intentando soltarse para abalanzarse contra ella. 

Enseguida se personó ante ellas la directora acompañada de la celadora jefe. Venían las dos con caras de pocos amigos y proliferando gritos para evitar que alguna volviera a armar follón. 

- ¿Otra vez tú? –señaló la directora mirando a Raquel- Me estoy empezando a cansar de ti. 
- No ha hecho nada. Ha sido ella, que ha venido a provocarla –respondió Silvia. 
- ¿Tú también tienes que decir algo? Si eres igual que ella… -apuntó seria. 
- Por favor, directora –volvió a intervenir Silvia- le digo la verdad… Estábamos aquí tranquilas y fueron ellas dos las que se acercaron a provocarla. Créame. 

La directora comenzó a dudar. Es cierto que Nacha y Morente no es que fueran exactamente dos reclusas modélicas. Raquel tampoco lo era y la nueva… Bueno, la nueva tampoco era santo de su devoción. Pero, por primera vez, decidió creerla. 

- Vosotras dos –dijo con seriedad a Nacha y Morente-, hoy os quedáis sin desayunar y esperad que no os deje también sin comer y cenar. Os libráis de la celda de reclusión porque me pilláis de buenas. ¡A vuestras celdas, vamos! 

Morente se giró hacia Silvia y le dedicó la peor de sus miradas. Raquel se quedó mirándola y pudo leer en sus labios un “me las vas a pagar”. Silvia respiró tranquila al ver que su amiga se había librado del castigo, pero sintió inquietud ante la advertencia que le hizo Morente. Si no le tenían manía ya de primeras, ahora que tenían una excusa, se temía lo peor. Aun así, intentó que su cara no reflejara preocupación. Las presas fueron volviendo poco a poco a sus lugares mientras que Raquel y Silvia tomaron asiento en aquella mesa. 

- Gracias por defenderme. Nadie lo había hecho nunca –le dijo Raquel agradecida. 
- No hay de qué. Al fin y al cabo, es lo que hacen las amigas… -respondió asegurándose de que Ana, que justamente caminaba por su lado de vuelta a su mesa, la escuchaba. La chica agachó la cabeza ante el comentario. 
- De todas formas, gracias. Y date por satisfecha, no suelo ser tan amable. 
- Eso dices tú –rió Silvia- Conmigo te estás volviendo más blandita. 

Raquel arqueó las cejas ante aquel comentario, pero no pudo protestar. Era cierto que Silvia conseguía sacarle cosas buenas, quizá no tanto como se podía, pero al menos evitaba ser borde con ella. Las dos chicas continuaron charlando durante todo el desayuno y, una vez terminado, se separaron para hacer sus respectivas tareas. 

*** 

Las reclusas de la cárcel de Alcalá de Guadaira no tenían demasiadas obligaciones. Eran libres de ocupar su tiempo en lo que quisieran, siempre y cuando tuvieran en cuenta los horarios de las comidas, las visitas de los estamentos oficiales y el cierre de las luces. Se les pedía que respetaran las normas, pero también tenían ciertos privilegios, por llamarlos de alguna manera, dentro de la cárcel. El patio, donde podían practicar deporte por las mañanas y la biblioteca, donde disponían de cientos de libros sobre varios temas, eran algunos de ellos. Para unas mujeres a las que les parecía que el tiempo no avanzaba en aquellas cuatro paredes, la mínima distracción les hacía más llevadero el encierro. 

Raquel era de las que solía pasarse las horas enteras en la biblioteca. Devoraba libro tras libro con avidez. Su mundo interior estaba repleto de historias y de conocimientos de aquellos ejemplares raídos y gastados. Así que, en cuanto terminó de desayunar, fue directa la biblioteca a seguir leyendo libros sobre Sociología, que era el tema que la ocupaba ahora. 

Silvia por su parte, se encaminó hacia una de las celadoras y le pidió que le señalara dónde estaba la enfermería para empezar a hacer su trabajo. Una vez hubo llegado, tocó a la puerta y entró en el lugar. 

- Buenos días 
- Buenas, ¿tú quién eres? –le preguntó un señor con barba que la miraba por encima de las gafas desde su escritorio. 
- Me llamo Silvia Rodríguez, me ha dicho la directora que desde hoy sería su ayudante. 
- ¡Ah! –exclamó- Algo me dijo. ¡Qué cabeza la mía! –espetó mientras se dio un pequeño manotazo en la frente- Soy el doctor Rivero. 

Era un médico mayor, de pelo canoso, barba profunda y gafas a la altura de la punta de la nariz. El típico médico que cualquiera podría equiparar a un viejo curandero de pueblo, cansado de llevar en sus bolsillos la experiencia de los años de profesión y la desgana de estar entre cuatro paredes atendiendo a presas día sí, día también. La enfermería, que también tenía parte de despacho, estaba hecha un verdadero desastre. Libros de medicina por todas partes, instrumental desordenado y polvo a más no poder. Silvia sintió náuseas de solo ver aquel lugar. 

- Como puedes ver –dijo al verle la cara de asco- necesito mucha ayuda. 
- ¿Ayuda? Doctor, usted necesita una reforma profunda. 

El médico rió ante la ocurrencia y le tendió una de las batas que colgaba del perchero. Silvia supo en aquel instante que no se aburriría precisamente. Lo que no sabía era hasta qué punto iba a estar ocupada.

 << 9. Salida de las sombras                                  11. Ten cuidado >>