lunes, 12 de diciembre de 2011

Cuestión de perspectiva

¿Existe realmente el azar? ¿Qué es lo que determina que un hecho suceda o no? ¿Cuestión de suerte o de habilidad? Algunas personas achacan sus logros a la propia fortuna. Otros consideran que todo lo que han obtenido ha sido por sus esfuerzos, por sus virtudes. Personalmente, no es que crea en la suerte, pienso que todos logramos nuestras metas si somos constantes. Pero sí, también opino que hay que saber aprovechar lo que nos presenta. Porque la suerte está ahí, tal vez, pero si no tenemos la confianza, la habilidad o la posibilidad, como prefieran llamarlo, para realizar la acción, no sirve de nada.

Se preguntarán por qué estoy tan filosófica hoy. La realidad no es otra que las declaraciones que realizó José Mourinho tras finalizar el partido que jugaron Madrid y Barcelona, donde los culés ganaron 1-3 al eterno rival. El luso apuntó a la suerte como uno de los motivos de que su equipo perdiera el encuentro. Bueno, quizá el segundo gol sí fue producto de la suerte. Pero no le puedo dar la razón en el gol de Alexis o en el gol de Cesc, ni siquiera en el de Benzema, que vino de dos rechaces en Busquets. ¿Fue suerte que el francés marcara en el minuto 1? No, estaba bien posicionado y Piqué no le tiró bien el fuera de juego (acierto del francés, fallo del catalán, pero no suerte). ¿Y el gol de Alexis? Messi se fue de todos los contrarios que encontró y cedió para el chileno que disparó duro para sortear a Casillas. Nada tuvo que ver la suerte. El gol de Cesc, tres cuartos de lo mismo. La galopada y el centro magnífico de Dani Alves ya eran medio gol, pero no fue suerte que entrara. Un segundo más tarde y Coentrão podría haber alcanzado al de Arenys, pero no fue así.

Es una verdad mundialmente reconocida en el fútbol que, cuando un equipo pierde, es más fácil aludir a la fortuna o al azar que a los propios errores. No discuto que el Real Madrid jugara atrevido, lo hizo. Pero solamente en los primeros compases del partido. Después del 1-1, se dejó diluir como un azucarillo bajo la intensa lluvia del Bernabéu. En la segunda parte, cuando la tormenta azulgrana se desató en el campo, los merengues solo pudieron nadar a contracorriente y gracias a Casillas, que estuvo nuevamente providencial, se pudo evitar un resultado mayor.

Es cierto que los madridistas contaron con sobradas ocasiones para ponerse por delante en el marcador y posteriormente, en la segunda mitad, empatar el partido. No fue cuestión de suerte, fue cuestión de confianza. La confianza que le faltó al equipo, la que sí tuvieron en el gol de Benzemá, pero la que perdieron cuando se les puso todo en contra. Mourinho podrá achacarlo a la suerte, al fallo por partida doble de Cristiano, a la parada, según él por fortuna y no de mérito, de Valdés a disparo de Kaká, al golichurro de Xavi con ayuda de Marcelo, a lo que él prefiera... pero las Ligas no se ganan por suerte. Hay que mimar mucho el balón y saber aprovechar las circunstancias.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Un diciembre a prueba de bombas


A poco más de dos semanas para el Clásico, es inevitable repasar el estado de forma de Barcelona y Madrid. Todavía se mantiene en el recuerdo el carrusel de encuentros que enfrentaron a ambos equipos la pasada temporada, donde quedó claro que no es sólo un partido de fútbol lo que se está jugando. Tánganas, patadas, acusaciones, malos modos y un sinfín de despropósitos fueron algunas de las consecuencias del duelo entre los dos grandes de nuestro fútbol. Pero después del último enfrentamiento entre ambos en la Supercopa de España (2-2 la ida; 3-2 la vuelta y la copa para Barcelona), muchos son los que divisan claras diferencias en el juego de ambos equipos.

Mientras los merengues acusaron cierta inferioridad al principio de la temporada pasada, los culés se llevaban los partidos de calle, incluido el primer enfrentamiento directo que tuvo lugar en noviembre con el 5-0 en el Camp Nou. Los merengues se tomaron la revancha al llevarse a casa la Copa del Rey, después de un disputadísimo encuentro en Mestalla, y los culés se plantaron en la final de la Champions tras apear al Madrid en semifinales. Aun así, todo apunta a que este año las cosas son diferentes en ambos equipos.


El Madrid, más fuerte que nunca

Los expertos aseguran que la segunda temporada de Mourinho en cualquier equipo es la temporada del éxito. Los merengues son líderes de la liga BBVA a 3 puntos del Barcelona, han conseguido encadenar un total de 12 victorias consecutivas en todas las competiciones, superando el record del propio Guardiola (11 victorias), y han logrado ganar todos los partidos de Champions que han disputado hasta ahora. La recuperación del Pipita Higuaín tras la lesión que sufrió la temporada pasada y el renacer de un nuevo Benzema han conseguido reforzar a un ya de por sí magnífico equipo. La reconversión a central de Sergio Ramos ha sido otra de las novedades y ha dotado de otra perspectiva a la defensa ante el temor que se tenía a la lesión-depresión de Carvalho.

Por otro lado, la llegada al equipo de Coentrao o Callejón dan a los madridistas más polivalencia en el campo y un mayor abanico de posibilidades de cara a las tan necesarias rotaciones. Quedó patente el martes frente al Dínamo de Zagreb (6-2 para los merengues) que este Madrid tiene dónde elegir y cuenta con un fondo de armario que no tiene que envidiarle nada a los titularísimos. Si a esto le añadimos la ya de por sí demostrada calidad de Cristiano Ronaldo, quien parece que pretende superar su marca de 41 goles en Liga, nos encontramos ante un equipo con ganas de morder y lograr dar la campanada en lo que ha venido siendo tierra azulgrana.


Las lesiones, el problema del Barcelona

Si miramos al campo rival, nos encontraremos con una situación algo distinta. Nadie duda del excelente juego del Barcelona y de la gran calidad de sus jugadores, pero las circunstancias están pesando en el equipo de Guardiola. El bíceps femoral está siendo el martirio de los jugadores culés, que están viendo cómo las lesiones en este músculo les apartan de los terrenos de juego. Esta situación está propiciando que no tengan la continuidad necesaria como para desarrollar su juego habitual y eso ha terminado por hacer que los de Guardiola pierdan puntos fuera de casa. Mientras que en el Camp Nou no hay quien les sople (tienen un parcial de 30 goles a favor y 0 en contra), a domicilio han perdido un total de seis puntos tras los empates en Anoeta, Mestalla y San Mamés. Los culés despliegan su juego como siempre, pero la falta de puntería les resta efectividad y, en ocasiones, esto desemboca en una remontada por parte del equipo contrario.

Las llegadas de Cesc Fàbregas y Alexis Sánchez al equipo han hecho que Guardiola cuente con más mordiente en ataque. En cambio, la superpoblación del mediocampo, unida a las repetidas lesiones en defensa, le han llevado a experimentar con un 3-4-3 que no siempre se ha traducido en victoria. Jugar con tres defensas hace que los laterales tengan que cubrir más espacios y posibilita que el equipo contrario ataque de lado a lado del campo dejando al descubierto a la defensa.

Pero no todo es malo en Can Barça, los culés han conseguido la clasificación para octavos de la Champions, además asegurándose el primer puesto del grupo H. En Liga siguen la estela del Madrid y tienen el honor de contar entre sus filas con el pichichi, Messi, y el zamora, Valdés. Y por si fuera poco, todavía tienen que disputar el Mundial de Clubes en Japón el próximo diciembre, donde el morbo de un posible enfrentamiento con el Santos de Neymar está servido.

Es precisamente este torneo el que preocupa en Barcelona. Los culés apenas tendrán tiempo para preparar el encuentro liguero y el de Copa si logran llegar a la final del torneo prevista para el día 18. Eso sin tener en cuenta que, para entonces, los azulgrana ya se habrán enfrentado directamente al eterno rival y que la diferencia de 3 puntos que tienen ahora podría incrementarse mucho más si el partido del día 10 llegara a decantarse del lado blanco.

Nos espera un diciembre lleno de bombas que determinará si el Madrid es un serio aspirante a todo y si el Barça tendrá que recular después de varios años de hegemonía.

martes, 22 de noviembre de 2011

Incertidumbres

Dios aprieta pero no ahoga. Cuando uno nace en el seno de una familia religiosa, ésta es una de las frases que más escucha en momentos de dificultad. Con el paso de los años y la maduración de la mente y el cuerpo, esta frase comienza a diluirse en el tiempo y empieza a tomar forma otra: "Me ha mirado un tuerto".

No suelo regocijarme en la mala suerte, ni siquiera en la buena, algo escasa por otra parte. Tampoco sé si se le puede llamar suerte porque no creo en la suerte, sino en las capacidades y las posibilidades de cada uno. Lo que tengo claro es que de un tiempo a esta parte, quitando alguna que otra cosa, no consigo que lo que parece que va a ir bien acabe saliendo bien. La paciencia no está entre mis pocas virtudes, así que no es de extrañar que me encuentre bastante sobrepasada ahora mismo...

Algunos que conocen de qué hablo opinarán que tengo poco aguante o que hay cosas peores. Claro, es cierto, pero para eso está hecha la perspectiva. A mí ciertas cosas que me cuentan me pueden parecer tonterías y lo que yo cuento me puede resultar más grave. Por eso, respeto mucho las opiniones de cada uno. No pido que las compartan, solo pido que se entienda lo que digo. No soporto los "no te preocupes". Mira, lo siento, pero sí me preocupo y si me preocupo es porque no me gusta la sensación de estar aprovechándome de la gente y del devenir del tiempo en mi contra. Ese tiempo que es como el fluir del agua y que, por más que miro, avanza demasiado deprisa como para poder detenerlo. Así que no me deis palmadas en la espalda, no me gusta eso. Me gustan los consejos, las ideas constructivas y la sensación de que se comprende lo que digo. Llamadme rara, pero yo soy así...

Tal vez por esto que cuento la gente siempre me dice que nunca cuento lo que me pasa pero sí escucho lo que le pasa a los demás. He llegado a una conclusión: solo los que verdaderamente me conocen saben lo que me importa un tema y solo ellos saben lo que deben hacer para hacerme sentir mejor. Prefiero un abrazo a unas palabras que tanto tú como yo sabemos que no van a servir de nada. ¿Por qué? Porque un abrazo me reconforta, una sonrisa me anima... pero las palabras, teniendo en cuenta mi cabezonería, sabes que me van a entrar por un oído y salir por el otro. Te diré que sí, que no me voy a preocupar, pero lo haré, me preocuparé. Te diré que no, que no le voy a dar vueltas al tema, pero lo haré, no dejaré de pensar en ello...

Así que gracias a todos los que habéis intentado animarme, a todos los que me habéis escuchado y perdón a los que, por otro lado, hayáis tenido que aguantar mis malos modos y contestaciones. No era mi intención. Pero la frustración, añadida a otras cosas y factores ambientales, está haciendo mella en mí. Espero que sea una fase y que después de todo se quede en nada... Al menos eso es lo único que me queda ahora mismo.

martes, 20 de septiembre de 2011

(-) La mudanza

Una brisa de aire entró en la habitación y tumbó alguna de las cajas vacías que serían ocupadas por sus cosas. Sara se levantó de la cama donde estaba organizando todos los recuerdos de aquellos años en Barcelona y cerró la ventana. Mientras recogía las cajas, encontró un objeto que hacía tiempo había olvidado. Una cajita pequeña que se había abierto por la caída y cuyo contenido había quedado esparcido por el parqué. Se agachó para verlo y encontró en ella los pedazos de aquella carta que había quemado tiempo atrás. Intentó recomponerlos para leer una vez más lo que decía el texto, pero no hubo forma.

- ¿Haciendo un puzzle? –le espetó una voz que la asustó.
- No te había oído llegar –se levantó y recogió los últimos trozos de la carta-. No, no es un puzzle, aunque sí fue un rompecabezas para mí hace mucho tiempo.
- ¿Puedo verlo? –preguntó Blanca mientras se acercaba a ella.
- Claro, ten.

Blanca comenzó a mirar los trozos quemados de aquella carta. Los giraba en todas direcciones intentando hacerlos encajar. Se reía ante la torpeza de su maniobra y, una vez hubo desistido, se los tendió de nuevo a Sara.

- No hay manera. Si esto es parte de ti, eres más difícil de lo que pensaba –bromeó.
- ¡Para nada! –los tomó entre sus manos y los guardó en la caja- Lo que pasa es que estoy muy quemada… como puedes ver.
- Ja-ja-ja. No me das muchas expectativas… -soltó mientras Sara se alejaba de la habitación con la caja.
- ¿No? –dijo mientras volvía y se acercaba a ella- Pues yo creía que esta mudanza era ya darte muchas expectativas.
- No sé, quizá… -vaciló un instante- ¿Qué has hecho con la caja? –preguntó sugerente mientras la rodeaba por la cintura.
- La he tirado.
- ¿Y eso? –sonrió Blanca desconcertada.
- Ya he encontrado lo que buscaba.

jueves, 1 de septiembre de 2011

9. Solo quiero...

Llegó una mañana, no una mañana cualquiera, sino una mañana escrita en la arena. Escrita en un destino que nunca pensó que llegaría, escrita a fuego bajo un día de tormenta. Una mañana que se quedó en un futuro hipotético y que apareció de pronto, por sorpresa. Esa mañana Sara lo vio todo claro. Era extraño, el cielo estaba nublado, pero en cambio era capaz de discernir con la más absoluta claridad. Le había costado dos años y más de una recaída para darse cuenta de que el barco se hundía y no había nada que salvar.

Es tan difícil dejar marchar aquello que has anhelado durante tanto tiempo, aquello que te sostuvo cuando ni tú misma sabías tenerte en pie. Pero no había más, ni siquiera aquella amistad… Lo había escuchado miles de veces y miles de justificaciones habían salido de sus labios. Pero ya no, ya no había nada que explicar, nada que argumentar. Todo estaba tan claro… Fue una noche, cuando leyó aquellos mensajes enviados en el pasado, aquellas palabras cariñosas, lejos de cualquier intento de conseguir algo más entre las dos. Eran palabras de amistad, así es como se forjó su necesidad. Echaba de menos aquellas palabras, más que cualquier otra cosa, más que a ella misma, más que su persona.

Decidió que era mejor cerrar la puerta, pasar página, tomar las riendas de su vida, apartar la vista de lo que le dolía. Volver a las andadas no había servido de nada. Sentía que ella solo estaba en ciertos momentos. Cuando todo iba mal, se iba, se evaporaba. Daba igual si Sara estaba mal, si la necesitaba para hablar, si la echaba de menos, si quería hablar con ella y distraerse cada día… Lidia se marchaba, no se sabía cuánto duraba. A veces era un día o dos… Otras, una semana.

Al principio la buscaba, le preocupaba que estuviera mal, que estuviera sufriendo, que le pasara algo malo. Luego empezó a dejarle su espacio, esperando que fuera ella quien se comunicara. Hasta ese día. La indiferencia, o tal vez el orgullo, pudo con ella. La necesitó durante días y no apareció… pero Sara tampoco la buscó. Llegó un punto en que ya no hizo falta que apareciera, ya no. La echaba de menos, sí, pero se dio cuenta de que estaba echando de menos más allá de una semana de ausencia. Echaba de menos a la anterior Lidia, a su mejor amiga, a la que se marchó meses atrás, a la que se quedó en las calles de Barcelona, en la estación de Sants, en el tren de Guadalajara, en aquella última mirada... Nada volvería a ser como antes, recordó haberse dicho entonces. Ahora, meses después de haber superado aquella distancia, de haber recuperado el contacto con Lidia, supo que sí, que era verdad, pues nada era como antes.

Cogió una hoja de papel y empezó a escribir una carta, una declaración de intenciones. ¿Con qué finalidad? ¿A quién se la iba a mandar? Quizá a nadie, quizá a ningún lugar. Necesitaba escribir lo que quería para saber por dónde empezar a conseguirlo. Y así lo hizo.

Solo quiero volver a sentirme segura, a reír, a confiar en alguien. A entregarme sin miedo, a no tener complejos. A coger a una persona de la mano, a que me abrace, a poder besarla sin temor a nada. A ser la única, no a que me lo diga, sino a saber que lo soy. Necesito saber que todo cambiará. No digo que me diga que todo irá bien, eso no puede prometer, pero sí a saber que hay valentía e intenciones de intentar que así sea. No quiero volver a perder, no quiero sentirme caer. Quiero que me sujeten, quiero poder sujetar. Quiero sonreír, pero también llorar. Quiero sentir, sea lo que sea, pero sin culparme por sentirlo. Quiero alguien que me quiera, a mí, solo a mí, a nadie más. Quiero poder presentársela a mis amigos, a mi familia. Quiero alguien que no tema, que me haga que no tema. Quiero a alguien que esté loco por mí, que me quiera.

No quiero a alguien que me diga que me da el mundo, solo que quiera compartirlo conmigo. Y por todo y sobre todo, solo quiero volver a ser yo.


Una vez hubo terminado la carta, la arrugó y la apretó entre sus manos mientras su mirada se perdía en el infinito. Cogió un mechero que tenía sobre la mesa de la cocina y la quemó. Una vez la carta se convirtió en cenizas, la metió en una cajita pequeña y la guardó en el fondo de un cajón. Aquella carta no tenía destinatario, no tenía lugar donde llegar. Pero tarde o temprano sabía que alguien la podría contestar.

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Por cuestiones que ahora no vienen al caso, he decidido terminar así esta historia. Es el mejor final que podría darle si bien es cierto que las partes intermedias han quedado difusas y poco comprensibles fuera de la mente de la escritora. Algún día, quizá con más valor y un poco más de razón que de corazón, puede que la alargue y escriba un culebrón. Hasta entonces, creo que es mejor dejarlo aquí. La terapia de escribir está muy bien para cambiar aquello que no te gusta, pero no sirve de nada si todo continúa igual.

Me he acostumbrado a relatar historias cuando mi vida pasa por momentos como éste. He de aprender que también se puede escribir sobre la alegría y sobre la felicidad. Como ahora es lo que hay, mejor terminar aquí. Gracias a aquellos que habéis entrado a leer estas historias insustanciales y saltos temporales. Sé que a veces no se han entendido bien, pero es lo que tiene relatar a tu antojo.

Le dije a una personita que esta historia se iba escribiendo sobre la marcha, que no tenía un guión en mi cabeza. Y así, sobre la marcha y en mi mente, he decidido darle este final. Buenas noches y buena suerte.

domingo, 21 de agosto de 2011

8. Hola de nuevo

En el momento en que Sara vio que Lidia había aceptado su solicitud de amistad sintió una gran alegría. Hacía muchísimos años que no sabía nada de ella y le llamó la atención que aceptara su solicitud, ya que aquello era síntoma de que se acordaba de ella. Pero, de pronto, le dio un pánico terrible. ¿Qué pensaría de ella por haberla invitado a su red social? ¿Qué le diría para volver a hablar con ella? De pronto, se arrepintió de haberle dado a aquel botón, así que no se decidió a hablarle.

Pasaron los días y se olvidó por completo de Lidia. Pero una tarde sin nada especial que hacer, conectó su chat de Facebook y le apareció conectada. La tentación fue más fuerte que ella, como si un impulso irrefrenable la llevara a abrir aquella ventana y volver a presentarse. Dio un click en su ratón y comenzó a escribir un “Hola de nuevo”. Cuando le dio a enviar pensó que aquella frase era la más estúpida que había escrito en su vida. Iba a cerrar aquella ventana cuando, de pronto, una señal luminosa apareció en ella: “Hola, cuánto tiempo! Qué tal estás?”. Aquello la hizo sonreír sin motivo. Definitivamente, se acordaba de ella. Después de casi 4 años, se acordaba.

Comenzaron a hablar animadamente sobre sus vidas en aquella ventana de Facebook, tratando primero temas intrascendentes para pasar después a los más importantes. Sara le contó lo ocurrido con Paula, y Lidia compartió con ella sus penas. No lo estaban pasando bien ninguna de las dos pero, durante aquella noche, encontraron a otra persona que las comprendía y que había conseguido quitar de su mente por un momento aquellos problemas.

Las conversaciones de Facebook pasaron al Messenger, ahí donde se conocieron hace 4 años. Era tan extraño para ambas. Una amistad que no tuvo momento en el que empezar y que estaba reencontrándose en el tiempo, en un momento concreto, en un lugar distinto y con dos personas que, con el paso de los años, habían cambiado su forma de ser. Pero, en cambio, era como si se conocieran desde siempre, como si ahora fueran incluso más afines que antes. Los minutos se hacían horas y el día daba paso a la noche entre conversaciones interminables que acababan cerca de la madrugada. Ninguna de las dos se quería marchar, pero siempre había una hora en la que tenían que dejar el ordenador.

Sara no sabía cómo ni cuándo, pero poco a poco, las horas que su mente dedicaba a pensar en Paula y en qué estaría haciendo pasaron a estar ocupadas en Lidia y su estado de ánimo. Al principio solo pretendía ser su amiga, ayudarla, tratar de que saliera de ese caparazón en que se había encerrado por culpa de una experiencia amorosa que parecía no haberse alejado nunca. Se introdujo en sus problemas, en su día a día, dándole apoyo, escuchándola y tratando de ayudarla para que no sufriera tanto. Ese interés en su bienestar se fue tornando impotencia, rabia cuando le contaba ciertas cosas y no sabía explicar por qué. Es cierto que le molestaba que la hicieran sufrir, pero ¿de esa manera?

Le daba vueltas continuamente a una posibilidad, a la posibilidad que no quería que fuera verdad… Por un momento recordó lo que le dijo a una amiga suya hace tiempo: “Si piensas en él mucho, si sonríes cuando te dice algo o cuando sale en una conversación, si estás inquieta y no dejas de preguntarte qué está haciendo y, sobre todo, si te molesta cuando te cuenta cosas de otras chicas… entonces, estás completamente enamorada”. Analizó despacio todos esos factores, los enumeró una y otra vez en su mente intentando que alguno de ellos no lo cumpliera. Cerró los ojos y se maldijo a sí misma.

jueves, 4 de agosto de 2011

(*) Un alto en el camino

“Sí, venga, y ahora ponte a hablar con el otro conductor. ¡No tenéis vergüenza!” Esto fue lo que le espetó una usuaria de la EMT a uno de los conductores que llevan cada mañana a los madrileños a su trabajo cuando, en un cruce con otro autobús, se detuvo a conversar con su compañero de trabajo. La frase no es que tenga gran significado por sí misma, pero refleja el sentir de muchos de los viajeros que utilizan cada mañana la red de transportes madrileña. Algunos con más aplomo y otros con menos, pero en general los usuarios de los autobuses que circulan por la capital están bastante molestos con el servicio que se les está ofreciendo durante este verano. Y si a eso le añadimos que el lunes será efectiva la subida de precio del 50% en el billete sencillo tanto de autobuses como de Metro, el cabreo ya es mayúsculo.

Cuando llegué a Madrid, hará dos años en septiembre, me llamó mucho la atención la prisa que tenía la gente por coger un tren o un Metro. “¡Pero si pasan cada 5 minutos!”, pensé. “A estos los dejo yo en la línea de Cercanías Murcia-Alicante (con una frecuencia media de 50 minutos entre trenes) y se mueren”, recordé para mí entre risas. Yo, en cambio, me lo tomaba con calma cada vez que tenía que ir a Madrid. ¿Que no cogía un tren por segundos? Daba igual, el siguiente vendría enseguida… Como no tenía que estar a ninguna hora concreta, esperar dos o tres minutos más no suponía demasiado. Hasta que llegué al maravilloso mundo del becario que trabaja allá donde Cristo perdió la sandalia y donde dudo mucho que vaya a ir el Papa cuando visite Madrid.

A partir de ese momento, llegar al trabajo a una hora decente se convirtió en todo un reto. No sólo por la variedad de transportes que debía coger para llegar hasta Aravaca (Cercanías-Metro-Autobús, todo en ese orden), sino también porque entre Renfe y la EMT se propusieron hacerme la vida más bonita, pero bonita de verdad. El día que llegaba bien a la estación de Cercanías, el autobús me dejaba tirada en mitad de Moncloa. El día que no llegaba tan bien (pero aún así llegaba con tiempo), el tren se paraba 15 minutos entre Villaverde Alto y Villaverde Bajo sin motivo alguno. Bueno y el mejor día de todos fue aquel en que el tren de las 7.03 llegó a las 7.15, se paró en mitad de Villaverde, el Metro se detuvo en Argüelles 5 minutos y el del autobús pensó que no merecía subir por mucho hueco que me pudieran hacer entre todos los pasajeros… Ese día fue realmente maravilloso. A las 8.30 llegué al trabajo.

Pero fuera de lamentos matutinos y viajeros, la realidad es que entre las obras del AVE Madrid-Levante que han interrumpido el tráfico normal de la C3 y han retrasado bastante la C4, y el hecho de que la EMT parece no darse cuenta de que el autobús 162 necesita urgentemente añadir nuevos vehículos entre las 7 y las 9 de la mañana, todo se ha vuelto un auténtico caos. No me cabe en la cabeza que en la dársena 32 de Moncloa haya dos autobuses, el 160 y el anteriormente mencionado 162, con la misma frecuencia (9-14 minutos) y uno vaya a rebosar y el otro salga de la estación casi vacío (o casi lleno, según el pesimismo o el optimismo con que se vean las cosas). No me entra que el 162 de las 7.45 de la mañana fuera el otro día a tope de su capacidad hasta el punto de que ni siquiera el conductor veía los vehículos que tomaban la rotonda de entrada a Aravaca porque había personas apretadas contra la puerta delantera, y mientras tanto el 160 lleve más de 15 asientos vacíos a la misma hora. No consigo comprender que muchas personas deban quedarse en la estación esperando a que llegue el siguiente autobús que, presumiblemente “tardará 5 minutos” (dicho por uno de los conductores del 162), cuando llevan haciendo cola para cogerlo más de 15 minutos, pero no se pueden subir porque no hay espacio para todos.

¿Es que nadie en la EMT se da cuenta de esto? Porque no es algo que ocurra puntualmente, pasa todos los días. Solo en mi parada de Aravaca nos bajamos más de 20 personas. Ahí es cuando por fin hay algo de espacio para los que están de pie desde Moncloa y eso que está casi al final del recorrido. Y cada día la situación es más complicada. Muchas personas llegan tarde a trabajar cuando han estado esperando un autobús desde las 7:30. Por eso la gente está tan enfadada. Enfadada por la espera, enfadada por la poca cantidad de autobuses a horas punta como la entrada al trabajo y enfadada por el choteo (por madrileñear el vocabulario) en general que supone tener que llegar a trabajar y no morir en el intento… ya sea por el tiempo esperando el autobús o por el aplastamiento involuntario. Y si esto está así ahora, en agosto y con casi toda la gente de vacaciones, no quiero ni imaginarme el panorama con la visita del Papa y la afluencia masiva de visitantes a la capital… ¡Que Dios nos pille confesaos!

sábado, 30 de julio de 2011

7. Lo que no se espera


“Sentirse atrapada, teniendo la sensación de que nada cambia, de que el mundo se esfuma… Creer que todo lo que haces, que todo lo que has deseado ya no tiene ese valor para ti. Fijar unas metas, recorrer cada distancia, segura, firme y, al llegar, darte cuenta de que no es como pensabas. Recordar cada palabra de aliento, cada momento vivido, cada instante de felicidad y pensar que se esfumará de tu mente porque ahí es el único lugar en el que todavía está.

Seguir caminando, esperando que el tiempo pase y se lleve lo malo y no lo vuelva a traer. Pero las cosas se complican y llegan noticias, circunstancias que lo estropean más, que te cambian la forma de ver la vida, tu vida. Quizá antes, quizá en un momento anterior te importaría mucho más… Ahora ya da igual, has perdido tu identidad, no sabes quién eres ni tampoco cómo has llegado hasta aquí.

Todo lo que antes te identificaba, te hacía sentir viva, todo eso va mal… Intentas quedarte con lo bueno, siendo consciente de que hay cosas mucho peores, cosas que jamás desearías a nadie… pero ese positivismo solo dura un momento y te hundes.

Entonces llega una mano, un apoyo al que no has llamado, pero que siempre ha estado ahí, que siempre ha seguido tus pasos y que conoce más de ti que tú misma. Te sostiene en el aire, te rodea con sus brazos y te intenta sacar de ese mar en el que te estabas hundiendo por no poder o no querer nadar. Te hace olvidar los malos ratos, te hace reír, te lleva a donde necesitas para dejar marchar aquello que te preocupa.

Tal vez no fuera lo que siempre imaginabas, tal vez nunca te hubieras dado cuenta… Pero si algo he aprendido con el tiempo es que las cosas nunca salen como uno espera”.

Sara

viernes, 22 de julio de 2011

6. ¿Puedo sentarme?

Aquel fin de semana iba a ser el primero que pasara sola en su nuevo hogar. No le hacía especial ilusión y más siendo un puente tan largo. Sus compañeras de piso se iban a sus casas a ver a la familia y ella, que hacía poco tiempo había estado en su hogar, no se iba a mover de Barcelona. Aquellos días le permitirían tomarse las cosas con más calma. El inicio de su nueva vida estaba siendo algo agitado y seguro que se podría adaptar si lo miraba todo desde otra perspectiva.

Decidió que era momento de pasear por la ciudad, a su ritmo, sin tener que ir a ningún sitio en particular y dejando que sus pies la llevaran donde quisiera. Cogió su reproductor de música, se colocó los auriculares y anduvo sin rumbo durante un rato por las calles de la Ciudad Condal. Era un lugar maravilloso e increíblemente significativo. Cada calle guardaba un misterio, una historia que revelar. Los viandantes iban ajetreados de un lado al otro, pero Sara solo caminaba siguiendo el sonido de la música. ¡La cantidad de cosas que se estaba perdiendo!

Continuó callejeando un buen rato hasta que entró en una cafetería a descansar y tomarse algo. Pidió lo primero que se le pasó la cabeza y aprovechó para relajarse sin pensar en nada. Pronto se dio cuenta de que alguien la estaba observando desde el otro lado del lugar. Levantó la vista un instante y una mirada se clavó en la suya. Era un chico muy atractivo, de pelo claro y ojos oscuros que no le apartó la vista ni siquiera cuando sus ojos se cruzaron. Sara agachó la cabeza y enrojeció súbitamente. Se mordió el labio inferior como hacía cada vez que se ponía nerviosa y cogió su móvil para distraer su atención de aquel joven.

La camarera le trajo la bebida y comenzó a tomarla como si se le fuera la vida en ello. Levantó la vista de nuevo para ver al chico y comprobó que su mirada seguía puesta en ella. De pronto, el joven se levantó de su asiento y se dirigió a ella con paso firme. Sara comenzó a inquietarse ante el posible acercamiento. No comprendía por qué la ponía tan nerviosa… No es que la estuviera acosando, pero su cuerpo reaccionaba de esa manera cuando notaba que alguien le prestaba esa atención.

Antes de que el chico llegara hasta su mesa, la camarera se cruzó en su camino, hecho que le dio una mínima ventaja a Sara para respirar y pensar qué haría si empezaban una conversación. El joven esquivó a la camarera y se acercó a Sara sin dejar de mirarla.

- Hola, me llamo Carlos. ¿Puedo sentarme? –preguntó con una sonrisa encantadora.
- Sí…claro. Em, yo soy Sara –contestó titubeante y avergonzada.
- Encantado. Quizá te parezca algo atrevido, pero me has llamado la atención desde que has entrado.



Fue decir esa frase y Sara empezó a recordar cómo conoció a Paula. La misma forma de entablar conversación, la misma seguridad y la misma mirada penetrante. El arrojo y la valentía también eran iguales… aunque obviamente había cosas distintas a simple vista. Comenzó a sentirse algo incómoda con esa situación de cercanía y con la superioridad que desplegaba el joven. Era cierto que el chico era muy guapo y en otra época se hubiera sentido halagada, y quizá, hasta tentada, pero las cosas eran muy distintas ahora. Así que, con fingida cortesía, esperó unos minutos y se levantó tras terminar su bebida.

- ¿Ya te vas? –inquirió sorprendido.
- Sí, tengo cosas que hacer. Pero me ha gustado conocerte –mintió.
- Al menos dame tu móvil, me gustaría conocerte más. ¿Tienes Facebook o Tuenti? Si quieres, dámelos y yo te agrego.
- Lo siento, es mejor así.

Con esa frase terminó, pagó su cuenta y salió de la cafetería segura de lo que acababa de hacer. No le gustaba dejar a la gente así, pero no estaba preparada todavía. Volvió a casa y enchufó el ordenador para ver si tenía algún mensaje de sus amigos. Entró en Facebook y una notificación de color rojo llamó su atención: “Lidia Suárez ha aceptado su petición de amistad”.

miércoles, 13 de julio de 2011

5. De espaldas

- No puedes seguir así…

- ¿Así cómo? –inquirió Sara.

- Pues con esa actitud –respondió Luis- tienes que dejarlo pasar… Nadie se merece que estés así.

- No estoy mal, ya lo sabes…

- Sí, claro. Los que te conocemos te lo notamos enseguida. Tu fuerte no es precisamente disimular. Solo hay que mirarte a los ojos.

- Te digo que estoy bien –replicó Sara.

- Oye mira, puedes estar así el tiempo que quieras, negándote que estás mal y que seguirás estando mal. Por mucho que digas que no le das vueltas al asunto, lo haces y mucho… Así que ahórrate las excusas porque sabemos que eres dura de mollera.

Sara suspiró mientras su vista se perdía en el horizonte. Sabía que si miraba a Luis a los ojos, acabaría por derrumbarse y admitir cosas que prefería enterrar en el pasado. Había transcurrido un mes desde el enfrentamiento con Lidia y no había vuelto a saber de ella. Al menos, no como siempre. Algún mensaje puntual y una respuesta cordial por su parte eran sus métodos de contacto en ese tiempo. Ella no había dado el paso de comunicarse con ella, algo en su interior le frenaba a hacerlo.

En otras ocasiones, cuando más de una vez se había propuesto alejarse de ella para no sufrir o para no interferir en su vida más de lo que ya lo hacía, no había conseguido estar muchos días sin hablarle. Le mandaba mensajes con cualquier excusa, solo porque la necesitaba, porque quería saber de ella. Se le hacían eternos los días sin saber cómo estaba. Pero, ahora, aunque no admitiera en voz alta que la extrañaba, su orgullo y la poca fuerza de voluntad que tenía la disuadían de comunicarse con ella. Sabía que estaba conectada y no le hablaba, veía sus movimientos en Facebook y los imitaba, pero ni entraba a su perfil para saber más de ella y su estado ni le abría una ventana para charlar… Había decidido tomar distancias. Y esas distancias comenzaron el día que la vio por última vez.

Las dos estaban sentadas en un banco de la estación de Sants, calladas, impasibles, sin mirarse a la cara pero observando de reojo lo que hacía la otra. No se habían dicho más de cuatro palabras desde la noche anterior. Lidia, cargada con su maleta, esperaba a que llegara su tren a Guadalajara. Sara, por su parte, prefería no decir nada… aunque, de haber optado por lo contrario, tampoco hubiera sabido qué decir. Los minutos se les hicieron eternos. A diferencia de la primera vez, cuando Sara deseaba que no avanzara tan rápido, el tiempo no pasaba en aquella estación y el silencio de ambas pesaba en el aire como una losa.

Por megafonía anunciaron la llegada del tren. Dos besos y una fugaz mirada fue lo que se dieron antes de separarse en la estación. Lidia subió al aparato mientras Sara, intentando no seguirla con la mirada, era consciente de que sería la última vez en su vida que la vería. Quizá era mejor así. Mientras se acomodaba en su asiento, Sara no dejaba de mirarla. Tenía un nudo en la garganta: mitad orgullo, mitad nostalgia. Se hacía la impasible pero realmente intentaba aguantar las emociones. Entonces, volvió su vista de nuevo hacia Lidia y ésta la saludó con la mano. Le devolvió el saludo y un intento de sonrisa de normalidad, algo que no le salió tan bien como pensaba. Las puertas del vagón se cerraron y el tren comenzó su marcha. Sara lo seguía con la mirada sabiendo que aquella partida era mucho más que un hasta la vista. Era un punto y final silencioso. Un adiós anunciado.

- Vamos, sube, Sara… -le dijo Luis sacándola de sus ensoñaciones. Los dos jóvenes se subieron al autobús y se acomodaron en sendos asientos- De verdad, no entiendo por qué la gente siempre deja libre los asientos que van de espaldas. Siempre me toca a mí sentarme en ellos.

- Bueno, supongo que es algo normal, ¿no? Cuando uno va mirando al frente de la carretera sabe lo que se va a encontrar: una rotonda, un cambio de sentido, un semáforo… Está preparado para lo que viene y por eso está tranquilo. En cambio, si vas de espaldas, no sabes lo que te puede venir. Simplemente acabas viendo por la ventanilla el resultado de un camino ya recorrido. Además, también puedes pasarte la parada y eso te acaba por poner nervioso. Y ya se sabe que, tanto en los viajes de autobús como en la vida, todos preferimos ver de lejos lo que nos espera en el camino que dejarnos llevar y terminar mareándonos.

lunes, 11 de julio de 2011

4. El botón de no retorno

Hacía apenas dos semanas que estaba en Barcelona y aún no había desaparecido esa sensación de extrañeza. Estaba lejos de su hogar, de su gente, y, aunque tenía algunos amigos en la ciudad, todavía no se había adaptado al nuevo rol que le tocaba vivir como persona independiente. A pesar de todo, agradecía que su mente se hubiera borrado por completo, al menos, en cuanto a uno de los temas que más le preocupaba que se fuera de ella. Había dejado de recordar a Paula. Parecía que el refrán era cierto, la distancia hace el olvido, y cada día pensaba menos en ella, algo que le hacía inmensamente feliz.

Cuando alguien se enamora y se entrega por completo, suele pensar que no podrá vivir sin la otra persona, que si, por cualquier circunstancia, sus caminos se separan, no podrá volver a recorrer el suyo sin su mano cogiéndola. Y eso le pasaba a Sara… había proyectado tantas esperanzas con Paula que estaba segura de que no superaría nunca su marcha. Afortunadamente, se había dado cuenta de que nada más lejos de la realidad y eso la reconfortaba.

Los días se le pasaban rápido en su nueva ciudad, pero todavía tenía que adaptarse a muchas cosas que le resultaban complicadas. Se acordaba con frecuencia de sus amigos y su familia y los echaba bastante de menos, pero sabía que había tomado una decisión y que la llevaría hasta el final con todas las consecuencias.

Un día, en una de esas tardes sin hacer nada, se le ocurrió indagar por Facebook a ver con qué podía pasar el rato. Se rió con las fotografías que encontró de sus amigos y maldijo a más de uno por etiquetarla en alguna que otra poco apropiada. Resopló ante el tedio de no saber qué hacer. Cerró el ordenador y pensó en colocar las cosas que le faltaban en su cuarto. La pereza la disuadió y volvió a conectarse a internet. Se dio cuenta de que no había cerrado su perfil en la red social y, antes de hacerlo, algo le llamó la atención.

Arriba, en la parte derecha, una de las sugerencias de Facebook le arrastró la mirada hacia ella. No solía prestarles mucha atención porque, siempre que le aparecían, solía ser de alguna persona que nunca agregaría a su Facebook por cualquier motivo. Pero ese nombre y esa imagen le sonaban de algo y no podía recordar de qué. Se metió en su perfil y se acordó al instante. “Lidia Suárez Rodríguez. 24 años. Guadalajara”.

De pronto se le vino a la cabeza una época de su vida en la que fue muy feliz. Una época en la que conoció a un grupo de personas que le enseñaron a ver las cosas de otra forma, en la que sus dudas, sus anhelos y sus esperanzas de futuro comenzaron a transformarse. Ahí conocería a una de las personas que le cambiaría la vida. No, no era Lidia quien por entonces se la cambió. Pero sí fue ella la primera de las personas que conoció en aquel lugar. E, indudablemente y aunque ninguna de las dos lo supiera, también estaba a punto de cambiarle la vida. Sara apretó al botón de “Agregar a mis amigos” y fue entonces cuando emprendió un camino desconocido, un camino sin retorno.


jueves, 7 de julio de 2011

3. La cruda realidad

Mientras caminaba calle abajo no dejaba de pensar en las palabras que le había dicho hace solamente unos minutos… Retumbaban en su cabeza, y, al mismo tiempo, la invadía la sensación de desarraigo. ¿Cómo una frase, en un momento como ése, podía haber roto lo que ni ella misma había logrado romper en todo este tiempo? No sabía expresar sus emociones, sentía rabia, impotencia, tenía ganas de llorar, de patear lo primero que se le pusiera por delante. Si hubiera podido… hubiera cometido una locura. La hubiera dejado en mitad de la calle, le hubiera proliferado los peores improperios y se hubiera ido llena de coraje. En cambio, tomó una decisión más o menos sensata. Optó por el silencio.

No le hacía falta mirar a su lado para saber que ella la seguía. También en silencio. Sara prefería no decir nada por no cometer una de sus irracionales locuras, pero desconocía el porqué del silencio de Lidia. Antes le reprochaba que no fuera capaz de expresar sus emociones, sus sentimientos con respecto a ella… Ahora, prefería que no hubiera abierto la boca en toda la noche. Y mientras todos estos pensamientos se le agolpaban, las calles de Barcelona pasaban tan rápido como si fueran subidas en coche. Sara quería llegar cuanto antes a casa, meterse en la cama y olvidar toda aquella noche…

Cuando discutes con una persona, siempre puedes irte y dejar que el enfado se os pase. Cuando esa persona está alojada en tu casa, irte y dejarla en mitad de una ciudad desconocida no es la solución más correcta. Por eso el camino que las separaba hasta casa de Sara se les hizo eterno. Apenas despegaron los labios para decir nada durante todo el trayecto. Una vez cruzado el umbral de la puerta, llegó el momento crítico.

- Me voy a la otra habitación –dijo Sara con tono serio.
- Está bien… -apostilló Lidia- Buenas noches.
- Buenas noches.

Cerró la puerta tras de sí con la ligera esperanza de que hubiera algún cambio, algo que le hiciera recobrar la ilusión perdida. Ella no iba a dar el paso, no lo consideraba necesario. Esta vez no. Anduvo por el pasillo de su casa a oscuras hasta que llegó casi por inercia a la habitación de invitados. Se puso el pijama, se acomodó en la cama y cerró los ojos intentando conciliar un sueño que sabía que no iba a recuperar. Miraba a la puerta continuamente esperando que Lidia la cruzara. Quizá no quería un lo siento, tampoco un arrepentimiento. Quizá solo una mirada que lo dijera todo… No esperó mucho. La conocía bien y sabía que no lo haría, no estaba arrepentida de sus palabras aunque fueran dolorosas. Porque, ¿cómo estar arrepentida de algo que siempre ha sido cierto?

viernes, 1 de julio de 2011

2. El principio de todo

- ¿Estás segura de lo que estás haciendo?
- Claro, es lo que quiero. Es lo que siempre he querido… -contestó Sara con firmeza mientras guardaba en su maleta los últimos trastos que se llevaría consigo.
- No es necesario que te vayas por ella… -dejó caer lo que pensaba de forma muy poco sutil.
- No me voy por ella –contestó clavándole la mirada a su amiga.
- Sara, yo te quiero, eres mi mejor amiga. A mí me lo puedes contar.




Por un momento se calló y se quedó pensando en las palabras de su amiga. Intentó descifrar en su mente si todo lo que le había contado a la gente de su marcha a Barcelona era verdad. Todo el mundo sabía que Sara quería irse a vivir allí, que siempre había soñado estar en una gran ciudad y poder trabajar en lo que más le gustaba. Por circunstancias ajenas a su carrera, no pudo comenzar a estudiar en aquella ciudad, pero siempre tuvo en mente poder ir cuando terminara.

Cuando conoció a Paula, esa decisión tomó un doble matiz. Estaban ilusionadas con la idea de irse a vivir juntas, de compartirlo todo, de trabajar en la misma profesión y ser un poquito más independientes. Barcelona era el objetivo y las dos lo sabían. Se irían a mitad de la carrera y terminarían allí sus estudios.

Pero las cosas se torcieron cuando apenas faltaba un año para que sus planes se llevaran a cabo. El porqué no era algo que quisiera recordar, mejor era dejarlo en el pasado, pero Sara estaba bastante decepcionada y eso hizo mella en su relación con Paula. Pasaron por altibajos durante un tiempo, pero se dieron cuenta de que no podían estar separadas. Barcelona podría esperar un poco más, al menos, un año más, hasta que Paula se encontrara con Sara allí. Todo estaba claro y decidido hasta dos meses antes de que llegara el momento de dar el salto para Sara. La canción decía: “Se nos rompió el amor de tanto usarlo” y tal vez eso fue lo que les ocurrió a las dos chicas.

Sara no pudo soportarlo. Era un golpe demasiado fuerte y las circunstancias con las que tuvo que lidiar durante esos dos meses la cambiaron por completo. Decidió que se iría a Barcelona, pero sola. ¿No sería demasiado duro estar allí sin ella? Tal vez, pero más duro sería quedarse otro año más y soportar lo que tuvo que soportar durante esos dos meses. No sólo era cuestión de protección, también llegó a ser una cuestión de orgullo. Orgullo por demostrarse que podía hacer sus sueños realidad sin tener que depender de nadie y la fuerza, precisamente, la encontró gracias a ese alejamiento.

Así que, después de mucho meditar, le contestó lo siguiente a Miriam:

- Te aseguro que tengo muchos motivos para irme de aquí. Sabes que os quiero, que me encanta esta ciudad, que me gusta todo lo que significa estar aquí, pero necesito un cambio. No sólo personal, también profesional. Y si no lo hago ahora, no sé qué puede pasar. Porque seamos realistas, la vida cambia en un segundo y yo quiero hacer algo distinto, algo nuevo. Tengo todo el tiempo para volver aquí, pero necesito saber qué me puede esperar allí. Y te puedo decir con total sinceridad que no tiene nada que ver con ella.

Miriam sonrió a su amiga y le dio un abrazo fuerte. No era muy dada a manifestaciones cariñosas con Sara, pero ambas sabían que las unía un nexo especial. Era consciente de que Sara necesitaba cambiar, tomar aire fresco, y, aunque estaba segura de que la echaría mucho de menos, quería que su amiga fuera feliz.

Sara cerró la maleta y volvió a mirar aquella habitación que había ocupado su vida durante 21 años. Ahora otra nueva la esperaba en Barcelona. No sabía exactamente cómo sería empezar de nuevo y más si tenía en cuenta que, en cada situación trascendental de su vida, había estado alguien a su lado para tenderle la mano. Ahora comenzaba sola, en una ciudad que no conocía y lejos de lo que más quería. La sensación de incertidumbre era grande, pero tenía el presentimiento de que en Barcelona le esperaba algo importante.

jueves, 30 de junio de 2011

1. Te quiero...

Hace años, cuando Fotolog era la moda entre los usuarios de internet, me dio por escribir mis impresiones acompañadas de una fotografía. Tanto "éxito" tuvo, que empecé a tomarlo por costumbre y se fue formando una pequeña historia que jamás llegué a terminar. Aprovecho para pedir perdón a todos los que se quedaron esperando un final.

Entonces lo hice por estar en un momento algo delicado de mi vida. Ahora quizá, ese momento se ha vuelto a repetir. Los motivos de haber recuperado de nuevo la afición por escribir mis pseudorelatos no son lo más importante. Solo quiero dejar fluir las tonterías que, de vez en cuando (en mi caso, muy a menudo), sentimos y no decimos por cualquier pretexto.

No espero que me comenten, no lo hago por conseguir afluencia de lectores, solo necesito soltar tensión y, en ocasiones, los blogs son una buena elección. Si estás leyendo esto, gracias por entrar. Si has dejado de hacerlo a partir de aquí, al menos te has tomado la molestia. Si vas a seguir leyendo... entonces, tienes toda mi admiración.

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El aire acariciaba sus mejillas tostadas por el sol. La brisa marina empezó a levantarse con fuerza a medida que se acercaba más a la orilla. A lo lejos escuchaba el sonido de la gente jugando en la arena, la risa de los niños y el ir y venir de los veraneantes que habían llegado a aquella playa a descansar. El tiempo no acompañaba a pesar de todo, pues una masa de nubes oscuras se posaba lentamente sobre el mar. El horizonte apenas se veía entre aquellos nubarrones y el aire replicaba en un intento de imponerse sobre las olas del mar, aquel mar oscurecido por el tiempo. Sara respiraba profundamente intentando impregnarse del aroma a agua salada mezclada con arena y coral. Aquel año no había sido el mejor de su vida. Tampoco el anterior. Ahora todo cambiaba, todo se desvanecía a su paso. Tenía 23 años y una nueva vida comenzaba para ella. Fuera la que fuera, era muy distinta a la que esperaba. Ante sí se presentaban múltiples decisiones, caminos que escoger y otros que abandonar. No tenía ganas de pensar, hacía tiempo que las cosas habían dejado de tener cierto valor para ella.

Cerró los ojos y se dejó arrastrar por el sonido de las olas. Se introdujo en aquel mar que tanto le gustaba con la única intención de que el agua salada se llevara todos sus malos pensamientos. Cuando el agua la cubrió hasta la rodilla, una imagen le vino a la cabeza. Los cabellos oscuros de Lidia, sus ojos marrones, su sonrisa a mitad de camino entre la alegría y la nostalgia y el sonido de su voz aparecieron como un mal sueño. Rápidamente abrió los ojos y se encontró más perdida que nunca. Estaba en su mar, en su tierra, pero no sabía hacia dónde ir. Se sacudió la cabeza con vehemencia, como si aquello sirviera para olvidar o para sacar de su mente algo más fuerte de lo que nunca pudo imaginar.

Volvió sus pasos de forma titubeante y se lanzó derrotada en la orilla del mar. Dejó que sus manos se perdieran por la arena húmeda y se maldijo mil veces por volver a pensar en ella. Apretó los labios con fuerza mientras sus dedos dibujaban surcos en la arena. Mil veces se repetía que debía dejarlo pasar, que no tenía razón de ser, que todo quedó atrás… De pronto, volvió su vista de nuevo hacia el suelo y comprobó qué era lo que habían formado sus manos. “Te quiero”, decía. Su mirada se encendió de rabia y de un solo gesto borró la frase que había trazado por inercia. Las olas del mar terminaron por borrar lo poco que quedaba grabado en la arena. Se acabó, pensó, para siempre.